Hermanados por el cajero automático

Palabrería

Fraternidad. Es atrevido relacionar la población de Sant Quirze del Vallès, cerca de Barcelona, con Nueva York. Pero se puede y a esa inesperada fraternidad ayudan los restaurantes Can Ferran y Katz’s, ambos con un ¡cajero automático! en el establecimiento y con jornadas tumultuosas para alimentar a cientos de clientes (en Katz’s, a miles). Un hermanamiento por vía dispensadora. A partir de ahí, todas las diferencias.

Demediado. Recién licenciados allá a principios de los años noventa y con unas finanzas personales griposas, cenamos una noche en el barcelonés Passadís del Pep con exceso de entusiasmo y de gambas y de viña Ardanza y sin suficientes billetes en nuestros monederos, de manera que tuvimos que desangrarnos en el cajero automático de la entrada, que avituallaba con fondos para cubrir las cuentas excesivas. En la clasificación de sitios singulares, el Passadís también tiene espacio: nunca colgaron un cartel con el nombre y el comedor aparece tras atravesar un pasillo. Perdoné años después al ya fallecido Joan Manubens que tentara a unos demediados periodistas con bandejas de pescados y mariscos no aptos para todas las economías. Desde aquella ruinosa noche, me llaman la atención los restaurantes en los que los bancos tienen sucursal. No conozco muchos. En mi cuenta de débito, Katz’s y Can Ferran.

Hernia. El negocio de Katz’s Delicatessen lleva en pie desde 1888, aunque el nombre llegó más tarde, ya con la aparición de Willy Katz en 1903. En el Lower East Side, sirven los mejores pastramis de la ciudad si el cliente tiene paciencia y acepta las incomodidades: las colas y un servicio con una hernia en la simpatía. ¿Para qué ser agradable y servicial si la clientela jamás deja de manar? El cajero está cerca de las personas encargadas del cobro. A diferencia de Can Ferran, aquí sí que se puede pagar con tarjeta, aunque manejan tales volúmenes que dan facilidades para que los dólares fluyan.

Salmuera. Tras alcanzar el mostrador, uno de los cortadores prepara el bocadillo. Saca lonchas de una pieza de vacuno con el exterior ennegrecido que ha estado en una salmuera durante unos 30 días, ahumada entre 48 y 72 horas y cocida después. Siete mil kilos a la semana. Y, diablos, qué bien les salen. Encontrar acomodo es engorroso, pero, una vez sentados, el placer compensa. El pan de centeno, la mostaza, las carnes envueltas en sales y humos. Pienso a veces en ese bocata y de cómo se puede sentir apego por un lugar donde la amabilidad es un bien escaso.

Cilindrada. Lo de Can Ferran, en marcha desde 1949, también tiene mérito: una masía a las afueras de Sant Quirze a la que hay que llegar con vehículo. En los estacionamientos, un impresionante parque móvil, con coches de gran cilindrada. No aceptan reservas, no se puede pagar con tarjeta y la gente acude en masa. ¿Por qué? La fama es un animalillo de difícil comprensión.

Expeditivo. Son las tres de la tarde y los salones, con capacidad para un par de centenares de personas, están llenos. El cajero se encuentra en la entrada detrás de una cortina para facilitar la discreción de las operaciones. Para el banco debe de ser rentable plantar una máquina, pues hay que garantizar el funcionamiento y que expectore billetes. Las mongetes del ganxet son mantecosas y la cansalada a la brasa está en su punto, a diferencia de lo que pasó en otra y lejana ocasión, en diciembre de 2016. Me deleito con las mollejas de ternera, extraordinarias, y no comprendo qué pintan los nigiris de atún, con el arroz apelotonado. Es como si en un japonés ofrecieran canelones. Servicio expeditivo y distraído: pedimos una ración de coca con tomate, no la traen, la volvemos a solicitar, preguntan si son dos, decimos que una y aparecen dos (que cobran, claro).

Sonrisa. Lugares exitosos, multitudinarios, de sonrisa breve y con cajeros para recordar que la cocina pública es una transacción.