Me llamo Natalie Wood, dejadme en paz

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Hace muchos años, en un programa de humor que dirigía en televisión, contamos la parodia del espiritismo musical. Se practicaba con un vinilo, al que movías en dirección contraria bajo la aguja y eso te permitía escuchar la voz de los compositores o artistas ya muertos que te hablaban desde el más allá. Nosotros lo practicamos con Beethoven y escuchábamos su voz mandando asesinar a un tipo que se dedicaba a meter cajas de ritmos en sus sinfonías y que en aquel entonces gozaba de cierto éxito. Las psicofonías son fantásticas, sobre todo si el muerto que habla es inteligente, un poco como pasaba en ese clásico del cine romántico llamado El fantasma y la señora Muir. En esa película, la bellísima Gene Tierney era una joven viuda seducida por el fallecido propietario anterior de su casa, un lobo de mar atrabiliario y gruñón como los articulistas de domingo ancianos. Su hija estaba interpretada por una actriz notable, Natalie Wood. Salía poco, pero salía bien. El director, Joe Mankiewicz, dijo de ella que era la niña más lista que había conocido jamás en el oficio.

Su descubridor oficial había sido otro director, también de enorme inteligencia, llamado Irving Pichel. Natalie, en realidad se llamaba Natalia Nikolaevna y era de origen ruso. Sus padres habían llegado a China tras huir como refugiados de las matanzas de la Revolución rusa, y si acabaron en California fue porque una vez más los deseos truncados de ser actriz de una madre propiciaron la carrera de una hija. Aparte de la fantasía navideña De ilusión también se vive, la pequeña Natalie Wood coronó otra obra maestra antes de cumplir los 15 años. Fue nada menos que la niña raptada en Centauros del desierto, la magnífica reflexión de John Ford escrita por Alan Le May sobre la imposibilidad de defender la pureza de raza. En esos días fue también la heroína femenina en la fantasía gay de Nicholas Ray Rebelde sin causa. No hay manera de encarar la carrera de Natalie Wood sin detenerse en momentos antológicos, ya sean en el drama, con Propiedad condenada o Esplendor en la hierba, o en la comedia, con La pícara soltera, La carrera del siglo o Bob, Carol, Ted y Alice, o en el musical, donde fue la portorriqueña María de West Side Story.

Pero este currículum que bastaría para considerar su carrera como inolvidable se cerró de manera abrupta con su muerte accidental cuando tenía 43 años. Fue en un barco, después de discutir con su marido Robert Wagner, tras una noche de copas y celos junto a su compañero de reparto Christopher Walken. Una muerte entre hipotermia y ahogamiento en la isla Catalina que alimentó el morbo en su época. Nada le gusta más a la sociedad que castigar con una trágica muerte a quien fue bella y joven, libre y exitosa. Una muerte horrible y temprana equilibra los mecanismos de la envidia, así que la sociedad suele desearla, por mucho que la llore de manera exhibicionista. En el caso de Natalie Wood, se da además la sorpresa de que, 40 años después, los especuladores siguen sin dejar de arañar en la piedra preciosa y sacar réditos a su vida íntima.

La última revelación es que en su primer periodo de casada descubrió a su marido haciendo el amor con el mayordomo. Estoy seguro de que, interpretada por Natalie Wood, la fantasía de pareja autodestructiva conocida por el espléndido título de ¿Quién teme a Virginia Woolf? habría sido una película más lúdica que sarcástica. Ella tenía ese talento de convertir en chispeante lo que miraba. Nadie duda a estas alturas de que su vida tuvo episodios complejos, pero los famosos guapos y borrachos en el yate resultan una fantasía demasiado morbosa para los espectadores ansiosos. Es maravilloso ver cómo año tras año se saca algo más de dinero a la muerte de Natalie Wood, como una incansable gallina de los huevos de oro. Quizá sería ya hora de que se hablara de su carrera. Que se respetara la profesión que desempeñó y no se engrandeciera el accidente que la mató hasta ocultar a la persona. No me extrañaría que, escuchando las psicofonías que transmite en cada uno de sus papeles, desde el más allá nos llegara alta y clara su voz: «Por favor, dejadme en paz de una maldita vez».