Tejido industrial y sus rotos

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

De entre las enormes sorpresas que recibieron los españoles en pleno estallido de la crisis vírica que colapsó los hospitales de Barcelona y Madrid, una de las más resonantes fue la incapacidad para fabricar mascarillas protectoras y respiradores pulmonares. Fue como un terrible atentado a la autoestima del país, pues una de las economías sólidas del planeta, demostraba su incapacidad industrial. Pero seamos sinceros, esa sorpresa esconde un enorme cinismo. Todos, a lo largo de las décadas pasadas, capitaneadas por el grito grotesco y corrupto de que España va bien, vimos desbaratarse la capacidad industrial de nuestro país. Cada uno lo vimos en nuestros sectores, aquellos con los que estábamos familiarizados. Recuerdo que la primera vez que un amigo me explicó que importaba las piezas de su taller desde China porque eran más baratas, le pregunté con total ingenuidad si creía que eso a largo plazo ayudaría a nuestro país. Luego presenciamos cómo algunas de las industrias más potentes del textil se vinieron abajo por la fuerte presión de los talleres clandestinos y baratos en lugares de población esclavizada. De ahí pasamos al reinado masivo de la copia pirata, que afectó a casi todos los sectores industriales. La gente presumía de que había encontrado un lugar en el Lejano Oriente donde a partir de una foto le copiaban cualquier producto que quisiera importar a precio barato. Recuerdo la primera vez que alguien me consideró idiota por fabricar los DVD de una de mis películas en España, cuando te salía mucho más barato hacerlo en China.

No está de más que cuando las cosas que hacemos se vuelven en nuestra contra seamos capaces de asimilarlo. De esta manera, no nos consolaremos como parece ser la tónica habitual culpando de todo a los demás. Claro que tienen culpa, y mucha, otros factores y personas, pero el tejido industrial nacional nos lo cargamos nosotros mismos con una manera de consumir errática y autolesiva. De entre todas las historias infames que se pueden contar, que estoy seguro que cada cual tendrá las suyas, quizá la de la parálisis del desarrollo de las energías limpias sea la más curiosa. Aún nos preguntamos por qué el gobierno español frenó de manera inmediata el desarrollo de iniciativas solares en un momento concreto. Con esa maniobra, además, recibimos una cascada de demandas de grandes empresas internacionales que nos cuestan millones cada vez que terminan en los tribunales. Pero, además, arruinamos a familias españolas que creyeron posible invertir en ese desarrollo industrial. Su bancarrota fue el mayor aviso a navegantes de nuestra historia reciente. El Gobierno se permitía hacer trampas, por lo cual era un error invertir el dinero en nada que no fuera ladrillo y especulación financiera.

Aunque parezca anecdótico, la propia desconfianza del capital en el desarrollo industrial de nuestro país también está detrás de la tragedia sanitaria. Las mascarillas son una anécdota penosa, pero la incapacidad para pertrechar a nuestros sanitarios con las medidas de protección imprescindibles fue una transparente fotografía de lo mal que habíamos hecho las cosas durante las últimas décadas. En 1996 el PIB industrial de España estaba en el 21 por ciento y con ese ahínco destructivo tan nuestro lo logramos hacer descender al 16. Era obvio, alguien había decidido que nuestro país solo se merecía generar camareros y repartidores de paquetería. Ese fue el ensueño del capitalista emprendedor español frente a las trabas de cualquier desarrollo industrial. Si ni tan siquiera fuimos capaces de aprovechar el sol que nos premia con tantos días al año para otra cosa que no fuera reconvertirlo en una oferta turística masiva. Con lo fácil que hubiera resultado convertirnos en potencia puntera en ese sector. Ahora, de nuevo en crisis, tendremos que aceptar que el capital y la propiedad de esos ingenios pertenezca a países extranjeros y fondos de riesgo. Es cierto que algunos sectores supieron responder a la emergencia con fortaleza, pero en otros nos pasó una factura demasiado cara tantos años de indiferencia hacia la calidad, la cercanía y la inversión a largo plazo. El papelón de nuestros líderes nacionales y locales comprando a precio de oro en el mercado negro y corrupto mascarillas y respiradores será difícil de olvidar, pero no puede ser mirado como un accidente.