El hombre que nos relató los intestinos de la Guerra Fría sigue escribiendo con pulso firme a sus 88 años. Nos citamos en Mallorca con el maestro del suspense de espías para hablar de ‘Un hombre decente’, su nueva novela. Entre alegatos ‘antibrexit’ y recuerdos de infancia, brota una revelación: el cáncer. Texto y fotos: Daniel Méndez

John Le Carré está enfadado, muy enfadado. Lo demuestra en su último libro, Un hombre decente (editorial Planeta), que se publica esta semana. Se trata, por supuesto, de una novela -y van 25- de espionaje. Pero esta vez transcurre en la Inglaterra del brexit, al que el escritor se opone con vehemencia: «La absoluta locura del jodido brexit», dice el protagonista en un momento dado. Son palabras que podría pronunciar el propio Le Carré. O David John Moore Cornwell, su verdadero nombre, al que renunció en sus primeras obras, publicadas mientras era agente secreto en activo. Al terminar la entrevista, durante una estancia del escritor en Mallorca, hablará de Boris Johnson como «una mierda».

John Le Carré: "¿Brexit? ¡Los británicos hemos perdido nuestra brújula moral en política!" 2

No es extraño, por tanto, que quisiera celebrar su 88 cumpleaños, el 19 de octubre, en una manifestación por un nuevo referéndum sobre la permanencia de Inglaterra en la UE. Pese a la indignación, este conversador nato no pierde su sentido del humor mientras repasa su trayectoria, el turbio legado de su padre, su paso por el MI5 y el MI6 y su carrera literaria. Como siempre que publica un libro, asegura que será el último; esta vez, sin embargo, pronuncia una palabra que lo cambia todo: cáncer.

XLSemanal. El 19 de octubre fue su 88 cumpleaños. ¿Cómo lo celebró?

John le Carré. ¡En una manifestación por un nuevo referéndum! Pasé el día en una protesta. Estoy muy enfadado.

XL. ¿Por qué?

J.C. ¡Mi país! Un pequeño grupo de ultras ha dado un golpe. No entiendo cómo hemos podido llegar hasta aquí. En Inglaterra somos una gente bastante decente, pero hemos perdido la vía de en medio. Ahora solo tenemos los extremos. Dos partidos políticos; ambos, anarquistas en cierto modo.

XL. ¿Anarquistas?

J.C. Sí, porque los dos están tratando de destruir las instituciones y volver a empezar. La derecha ha roto unas relaciones importantísimas con el grupo comercial más grande del mundo. Los marxistas, por otro lado, que es un modo justo de definir a nuestro partido socialista, también quieren desmantelar las instituciones e introducir casi un mundo leninista [se ríe]. Y estamos atrapados en medio de estos dos extremos.

XL. El 31 de octubre es la fecha límite para obtener un acuerdo para el brexit. ¿Qué ocurrirá?

J.C. Mi pesadilla es que Boris Johnson consiga acosar a Irlanda hasta lograr su sumisión. Pero creo que la UE lo frenará. Entonces, a Johnson solo le quedarán dos opciones: desobedecer la ley o dimitir.

XL. ¿Qué hará?

J.C. Si traicionamos a Irlanda, como siempre hemos hecho, dejaremos el caos allí. Y lo interesante será ver cómo entra Estados Unidos en escena. Ellos son el guardián legal del Acuerdo de Viernes Santo (firmado en 1998 y destinado a poner fin al conflicto de Irlanda del Norte). Entre otras cosas, establece que no habrá una frontera dura entre las dos Irlandas. Así que la idea de que podemos dejar la UE y establecer relaciones comerciales con América será bloqueada en el Congreso de Estados Unidos mientras haya una frontera dura en Irlanda. Pero hay una buena noticia.

“Mi madre desapareció cuando yo tenía cinco años y mi padre fue un estafador que entraba y salía de la cárcel. Vivir en internados me dejó un fuerte apego a las instituciones. Fueron mi familia”

XL. ¿Cuál?

J.C. Que las encuestas dicen que hay más británicos que quieren quedarse en la Unión Europea que partidarios del brexit. Es una gran alegría, pero para demostrarlo necesitamos otro referéndum.

XL. ¿Cómo han llegado hasta aquí?

J.C. Los británicos solíamos ser considerados como una nación sensata, pragmática y, sí, extremadamente egoísta. Y ahora nos vemos inmersos en la estela de Donald Trump. Trump es un terrible ejemplo para otras naciones.

XL. Terrible e influyente.

J.C. Los británicos creemos tener una relación especial con los americanos, ¡pero no es así! Es solo producto de nuestra fantasía. Johnson -que es un hombre absolutamente deshonroso, mentiroso, un showman, claramente influenciado por Trump- cree que podemos sustituir nuestro intercambio comercial con Europa por el comercio con Estados Unidos. Pero ¿es eso lo que quiero? ¿Atarme a Donald Trump en mis negocios? ¿Creo que mantendrá su palabra? La respuesta es no.

“Un grupo de ultras ha dado un golpe en mi país; Boris Johnson es un charlatán, un impostor. Necesitamos un nuevo referéndum”

XL. Tampoco se fía de Johnson.

J.C. ¡No! Tenemos a dos charlatanes políticos, dos impostores, cada uno a un lado del Atlántico, cuando deberíamos estar en el corazón de Europa, el sitio al que pertenecemos. ¡Y creo que ya he dicho bastante! [se ríe].

XL. Su enfado se percibe en su novela.

J.C. Sí, creo que es entretenida, pero contiene la esencia de mi propia ira. Aunque también tiene mucho de comedia, creo que el mensaje queda claro.

XL. No lo dude.

J.C. Hemos perdido nuestra brújula moral en la política. Europa es mi corazón. Es de donde viene mi cultura y el lugar donde siempre quiero volver.

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XL. En ese ‘corazón europeo’ ejerció usted de espía.

J.C. Mi experiencia en el mundo secreto ocurrió hace más de medio siglo y ahora mismo no tengo ningún contacto con ese mundo.

XL. Hace pocas semanas, sir Richard Dearlove -exjefe del Servicio de Inteligencia Británico- le dedicó unas duras palabras. Le preocupa la imagen que sus libros ofrecen del MI6. No creo que le guste su nuevo libro.

J.C. ¡No lo escribí para que le gustara! Se le ha metido en la cabeza que puedo desmoralizar a los agentes secretos. Pero no me preocupa. Le agradezco, eso sí, la publicidad que me brinda poco antes de la publicación de la novela. Aunque es muy probable que este sea mi último libro.

XL. ¿Esta vez sí?

J.C. Estoy enfermo, tengo un cáncer, todas esas cosas que pasan a mi edad. Pero no tengo ningún deseo de frenar o de dejar de escribir. Y creo que los infortunios de mi país me mantendrán vivo durante un poco más de tiempo [se ríe].

XL. Disculpe, ¿ha dicho que tiene un cáncer?

J.C. Sí. Está bajo control, sin muchos síntomas, pero pone un límite a mi vida, así que ahora los días son más valiosos.

XL. Siento escuchar eso.

J.C. ¡No deberías! Pero sí, me lo diagnosticaron en Navidad. Tuve una neumonía también, así que me convertí en una tragedia nacional [se ríe]. Pero, mira, soy muy viejo y he tenido una vida maravillosa. Supongo que es el precio que hay que pagar. Y no tengo ningún miedo a la extinción, solo quiero morir cómodamente. ¿No es lo que todos deseamos?

XL. Desde luego.

J.C. He llevado una vida asombrosa. Hubo un escritor inglés que dijo: «Escribo para tener algo que leer cuando sea viejo» [se ríe]. He vivido tantas vidas. Mi implicación en la filosofía y la campaña anticomunista en 1949, 1950.

XL. ¿Se arrepiente de algo?

J.C. Sí. Pero es fácil hacerlo ahora. Tienes que entender que mi padre era un estafador que entraba y salía de la cárcel. Y no tuve una madre: desapareció cuando tenía cinco años. Así que me convertí en un chico de las instituciones, viví en internados y nunca sabía dónde pasaría las vacaciones. Esto me dejó con un fuerte apego a las instituciones. Fueron mi familia.

XL. ¿Por eso entró en los servicios secretos?

J.C. Tras estudiar en Oxford, pensé que sería fantástico ser profesor en Eton, una gran institución. Pero me aburrí. No me gustaba el sentimiento de pertenecer a la élite. Así que me fui al mundo secreto. Primero estuve en el lado de la seguridad, protegiendo a mi país (se refiere al MI5, el servicio de inteligencia interna). Pero después de dos o tres años en el mundo secreto empecé a escribir. Mi tercera novela, El espía que surgió del frío, me convirtió en alguien inaceptable en mi profesión y, al mismo tiempo, me otorgó el modo de salir y convertirme en un alma libre.

XL. ¿Su familia sabía que era un agente secreto?

J.C. Llevaba en los servicios secretos cuatro años cuando quedaron a comer con mi mujer -mi primera mujer- y le informaron de que era un espía. Mis hijos no supieron nada hasta que dejé el servicio.

XL. No es una vida fácil.

J.C. Muchos de mis colegas tuvieron el problema de contarles a sus hijos lo que hacían. Y la respuesta no solía ser amable. No era: «Papá, eres un héroe». Solía ser: «Papá, por qué no me lo habías dicho, he estado viviendo en un engaño todo este tiempo, ahora siento que no te conozco», y cosas así. No solía ser fácil para ellos.

“No sé si alguno de mis servicios tuvo que ver con alguna muerte, pero, cuando dejas el espionaje, empiezas a sentir odio hacia ti mismo. Sientes que fuiste un corruptor, pusiste en riesgo vidas ajenas. Y quizá la causa no lo merecía”

XL. En Un hombre decente hay una escena similar. Y, al enterarse, la hija le pregunta a su padre si alguna vez ha matado a alguien.

J.C. Y él responde: «No, realmente no». En mi caso ocurre algo parecido: no lo sé. No sé si alguno de mis servicios tuvo que ver con alguna muerte. La hija también le pregunta: «¿Has tenido aventuras amorosas?». Y ahí es cuando se pelean.

XL. Y usted, ¿las tuvo?

J.C. ¡Eso es asunto mío! [Se ríe]. Pero pregunta lo que quieras. Son las respuestas las que son peligrosas, no las preguntas.

XL. Ha dicho que ser parte del servicio secreto elimina la humanidad de una persona.

J.C. Sí. Pero, para entenderlo, empecemos explicando cómo seleccionas a gente para el servicio secreto.

XL. Adelante.

J.C. Tiene que ser buena compañía, amable y con capacidad de seducción. Tiene que ser capaz de convencer a gente para trabajar para el servicio secreto. Te preguntaré si tienes una buena relación con la empresa para la que trabajas, si viajas mucho y si te gustaría añadir algo más a tu sueldo. Esta última parte suele convencer a muchos. ¡Sorpresa! [Se ríe].

XL. Pero ¿y la deshumanización?

J.C. Los seres humanos somos como animales, nos olisqueamos, nos miramos y averiguamos la naturaleza del otro muy rápidamente. Entonces tienes que reclutar a alguien que tenga también una mente criminal en cierto modo. ¡Y es difícil! Dicho esto, respondo a tu pregunta. ¿Destruye el alma trabajar para el servicio secreto?

XL. ¿Lo hace?

J.C. Creo que después, cuando dejas el servicio, respiras al aire libre y te comportas como un ser humano, empiezas a sentir cosas como: «No debería haber hecho a este tipo que hiciera tal cosa» o «no debería haber puesto en riesgo la vida de esta persona». Cosas de este tipo. Pero no se trata tanto de culpa como de odio hacia ti mismo. Sientes que fuiste un corruptor. Y que quizá la causa no lo merecía.

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Le Carré toma notas a todas horas, esté dónde esté. A menudo sin un fin concreto. Escribe sus novelas a mano, y su esposa desde hace 47 años, Jane Eustace, le ‘pica’ los textos. En la hoja de la imagen, que mostró tras la entrevista con ‘XLSemanal’, se lee en mayúsculas: «Ultras. Movidos por la fe. Inalcanzables a través de la razón». Y hay varias alusiones al ‘brexit’.

XL. Hablando de causas, cuando fue a consultar los archivos de la Stasi, vio que había mucho más sobre su padre que sobre usted.

J.C. Es cómico. Yo fui un espía leal y trabajador, un espía diplomático en Alemania Occidental durante la Guerra Fría. Y mi ‘papá’, aunque nadie lo sabía, estaba en Alemania del Este ofreciendo sus servicios a la Stasi, vendiéndoles armas. Si mis responsables en los Servicios Secretos lo hubiesen sabido, se habrían vuelto locos. Todo empezó cuando la BBC, con mi consentimiento, pidió mis archivos de la Stasi.

XL. ¿Qué encontraron?

J.C. Cuatro recortes de prensa y poco más. Claramente, había sido editado o cortado. ¡Pero el de mi padre era enorme! Y ni siquiera sabíamos que hubiese uno. La imagen que ofrecía era la de un exitoso hombre de negocios inglés dispuesto a trabajar para ellos como intermediario.

XL. Usted ha decidido no aceptar reconocimientos literarios.

J.C. Exacto. Escribir no es una carrera de caballos. No creo que sea posible decir que alguien es mejor escritor que otro. El instinto de las profesiones artísticas es institucionalizarse, crear jerarquías. Ganar el Premio Nobel es acceder al Olimpo, llevarse el premio Booker es quedarse a mitad del Olimpo. Y me alegro mucho de haber dicho, desde el principio, que yo no iba a jugar a eso. Cuando me ofrecieron medallas, el título de Caballero, ese tipo de cosas, dije que no quería ser sir David, lord David ni el rey David. Ninguna de las tres [se ríe].

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