Siempre quiso llegar a lo más alto. Desde niño. Y a los 55 años, por fin, lo ha conseguido. Boris Johnson -el nuevo primer ministro británico- ha ascendido empujado por su sentido del humor, un poder de seducción desconcertante y numerosas mentiras. Compañeros de partido, biógrafos y rivales nos dibujan el retrato del hombre que quiere culminar el ‘brexit‘. Por Jörg Schindler/ Fotografía: Richard Saker

Un buen día, a Boris Johnson se le ocurrió la idea de construir un exuberante puente ajardinado en Londres. Más tarde defendió la construcción de un aeropuerto en una isla artificial en el estuario del Támesis, a la que todo el mundo empezó a llamar Boris Island en tono jocoso. Luego pensó tender un puente entre Inglaterra y Francia. Y, más recientemente, ha propuesto crear otro entre Escocia e Irlanda del Norte.

Sí, da la sensación de que este hombre de 55 años sueña con caminar sobre las aguas algún día. De momento, ya ha logrado presidir el Gobierno de Gran Bretaña. No se sabe, sin embargo, que significará su nombramiento para un país que, tres años después de votar por dejar la Unión Europea, deambula al borde de una crisis constitucional. Los dos grandes partidos, Conservador y Laborista, se han desangrado a vueltas con el brexit y amenazan con fracturarse. Además, con el Partido del Brexit, del populista Nigel Farage, les ha surgido un competidor dispuesto a todo que se alimenta de la ira de la gente y que busca hacer pedazos el sistema democrático.

Boris Johnson, el defensor a ultranza del 'brexit' y su ansiado ascenso al trono 1

Boris Johnson durante la campaña para elegir el Partido Conservador

Boris Johnson vino al mundo «para luchar sin descanso por ser el mejor». Andrew Gimson pronuncia estas palabras mientras reflexiona sobre el primer ministro con un vaso de vino blanco en la mano. A Gimson -periodista de 61 años- le cuesta decir este tipo de frases. Persona amable, no es amante de las críticas. En su opinión, últimamente se han dicho demasiadas cosas exageradamente negativas sobre Johnson. «Muchas veces es más afectuoso que las personas que lo atacan».

Gimson es amigo y excompañero de Johnson, los dos trabajaron para el semanario conservador The Spectator. En 2006, Gimson quiso elaborar una biografía sobre Johnson. En aquellos tiempos, todavía era un simple diputado, pero uno -como escribió Gimson- que quizá llegaría a primer ministro algún día.

El 47 por ciento de los británicos cree que ganará las elecciones, pero solo el 13 por ciento le compraría un coche de segunda mano

Cuando fue a comentarle sus planes, Johnson se mostró entusiasmado, pero luego cambió de opinión. Al final, cuenta Gimson, le llegó a ofrecer en broma cien mil libras o, en su defecto, hacerle de canguro con los niños si renunciaba a sus planes. El periodista cree que Johnson tiene un «deseo excesivo» de gustar a la gente e intuyó que en el libro saldrían a relucir cosas que no le harían quedar bien.

Encarcelar a Atatürk

En su biografía, Gimson dibuja a un hombre irascible y voluble que, ya de pequeño, quería llegar a ser el «rey del mundo». El responsable fue su padre, Stanley Johnson, tan parecido a Boris que, a pesar de los 24 años que los separan, podrían ser casi intercambiables.

Boris Johnson, el defensor a ultranza del 'brexit' y su ansiado ascenso al trono

Boris Johnson con su padre -ministro del último sultán de Turquía- y dos de sus tres hermanos

Su familia tiene detrás una historia exótica que arranca en Turquía: el bisabuelo de Boris Johnson se llamaba Alí Kemal, fue ministro del Interior del Imperio otomano y ordenó encarcelar a Atatürk, futuro fundador de la república turca. En 1922, durante la guerra de independencia, Kemal fue secuestrado y linchado por partidarios de Atatürk. Su hijo Osman Alí, abuelo de Johnson, huyó a Londres y adoptó el nombre de Wilfred Johnson. En la familia, cuenta Gimson en su libro, todo es competición. Julia, hermanastra de Boris, dice. «Si solo era la segunda en Latín, mi padre me preguntaba quién había sido el primero. Era una pregunta habitual en casa, y un recordatorio insistente de que no había otro destino salvo lo más alto».

Para llegar allí, su hermano mayor siempre apostó por tres cosas: su incuestionable talento, el humor -de su padre, escritor, político, donjuán y bromista, aprendió el papel de inglés excéntrico y un poco torpón, que borda y que lo ayuda a disimular su ambición- y su encanto personal, gracias al cual ha sobrevivido a más escándalos que el resto de los políticos de su generación.

“Boris sería impresionante si el éxito se pudiera alcanzar a base de inteligencia y sin trabajo duro”, escribió uno de sus profesores

Ilustra esta actitud un episodio de sus años en el elitista internado de Eton, institución de la cual han surgido más primeros ministros que en cualquier colegio del Reino Unido. Él y sus compañeros montaron Ricardo III. Johnson se cogió el papel del rey, pero, en vez de aprenderse el texto, colocó notas que iba leyendo durante la función corriendo de un lado a otro por el escenario.

«Boris resultaría bastante impresionante si el éxito se pudiera alcanzar a base de pura inteligencia y sin trabajo duro -escribió uno de sus profesores-. Él parece creer que es mezquino por nuestra parte no considerarlo una excepción».
Esta exigencia de ser una excepción, distinto a los demás, también se observó, más tarde, en Oxford. A mediados de los ochenta coincidieron allí muchos hombres relevantes de la política británica de hoy. Johnson quiso destacar también en aquel grupo de prometedores estudiantes y en 1984 se presentó a la presidencia del club de debate Oxford Union. Fue derrotado por un don nadie que ni siquiera iba a uno de los internados de élite, pero al año siguiente volvió a presentarse. Usó entonces la misma táctica con la que hoy intenta agrupar a su país bajo su guía: frente a sus compañeros conservadores ejercía de tory convencido y a los estudiantes laboristas les hacía promesas más liberales. Y ganó.

Andrew Gimson, que también conoció a Johnson en Oxford, dice: «Boris podía hacer que la gente se partiera de risa. La mayoría se lo pasaban tan bien que les daba igual en qué usara su apoyo mientras siguiera divirtiéndolos».

La edad dorada de Johnson como artista del entretenimiento político arrancó en 1989. El joven periodista fue a Bruselas enviado por el Daily Telegraph, poco después de dejar el Times tras inventarse una cita en un artículo. El Telegraph no daba tanta importancia a esos detalles y Johnson conocía bien la capital comunitaria, ya que su familia vivió en Bélgica por el trabajo de su padre en la Comisión y el Parlamento europeos. Allí, siendo Boris un niño, su madre pasó ocho meses ingresada en una clínica tras una crisis nerviosa y, al poco, sus padres se separaron. Por eso, no tiene buenos recuerdos de Bruselas.

En esta su segunda estancia en la ciudad, el debate británico sobre Europa había alcanzado uno de sus puntos álgidos. Margaret Thatcher, escéptica con la idea de profundizar en la integración, había pasado a la ofensiva. La visión del presidente de la Comisión, Jacques Delors, de transformar una asociación económica en una unión más estrecha, y sobre todo «social», despertaba recelos en la ultraconservadora Thatcher. Johnson no tardó en convertirse en el «periodista favorito» de la primera ministra.

El azote de europa

Desde sus artículos, Boris Johnson ridiculizó el puntillismo burocrático de la UE. Sus burlas eran muy bien recibidas por los euroescépticos que abundaban entre los tories, así que fue suministrándoles historias cada vez más descabelladas. La UE, afirmaba Johnson en sus crónicas, quiere prohibir las patatas fritas con sabor a gambas. La UE quiere estandarizar el tamaño de los condones en toda Europa, para lo que ha pasado por alto la hombría de los italianos (dando a entender que de menor tamaño que el resto). La UE quiere meter los caracoles en la categoría de pescado. Pero también hacía afirmaciones más serias: el mercado único hará las fronteras tan permeables que el continente se convertirá en un paraíso para narcotraficantes, terroristas, vendedores de armas e «inmigrantes».

Como periodista, escribió que la UE quería prohibir las patatas con sabor a gamba o estandarizar el tamaño de los condones en Europa

Todas las tardes, el periodista Johnson se sumía en su ritual de «la rabia de las cuatro», como cuenta Sonia Purnell, ayudante de Johnson en esa época y posterior biógrafa suya. El ritual consistía en gritarle insultos a una planta del despacho como calentamiento antes de escribir sus diatribas antieuropeas. Casualidad o no, el UK Independence Party, cuyo ascenso tuvo una considerable influencia en el éxito del brexit, se presentó por primera vez a las elecciones europeas en 1994, el último año que Johnson pasó en Bruselas.

En vista de que dijera lo que dijera todo le salía bien, Johnson fue diciendo cosas cada vez más escandalosas. En 1997, ya en el campo de la política, siguió inventándose datos, cifras, peligros… Arrastrado por su retórica, descalificaba a mujeres, negros, homosexuales, musulmanes, gente de Liverpool en general, laboristas, activistas medioambientales y, prácticamente, a cualquier otro grupo dentro y fuera de Gran Bretaña, salvo al de los hombres blancos ricos. Mentiras que se extendían también a sus conquistas amorosas, tan numerosas que nadie sabe bien cuántos hijos ilegítimos tiene.

Años después aparecería en la prensa británica una transcripción de una conversación que Johnson mantuvo, siendo periodista, con Darius Guppy, un turbio hombre de negocios que más tarde pasaría unos años en prisión, antiguo compañero de Eton y Oxford. Guppy le pedía a Johnson que le consiguiera la dirección de un periodista hostil para que le dieran una paliza. Merece la pena reproducir algunas frases.

Johnson. «Si el tipo acaba herido grave, me cabrearé un montón».

Guppy. «Te garantizo que no le harán nada grave. Quizá un par de ojos morados y una costilla rota, algo de ese tipo».

Johnson. «Una costilla rota…».

Guppy. «Nada que no te lleves jugando al rugby».

Johnson. «Si tengo problemas por esto…».

Guppy. «No los tendrás, Boris, te lo juro».

Johnson. «Te consigo el maldito número. Dije que lo haría y lo haré. No te preocupes».

Johnson, que niega haber ayudado a Guppy, al final no tuvo problemas. Big B, como también se lo conoce, casi nunca tiene problemas. Nunca cae, solo tropieza. Por ejemplo, no le ha afectado haber sido condenado varias veces por dar datos falsos sobre sus cuantiosos ingresos. No le ha afectado haber mentido con toda desfachatez a su anterior jefe de partido sobre una de sus aventuras sentimentales. Y tampoco recorrer las calles de Londres con un autobús que lucía en sus laterales datos descaradamente falsos sobre los pagos británicos a la UE: «Londres transfiere semanalmente 350 millones de libras a Bruselas, cantidad que en el futuro se podrá dedicar al sistema nacional de salud». Quizá sea esta la mentira política de Boris Johnson que haya tenido más consecuencias.

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Boris Johnson con su esposa Marina Wheeler, desde 1993. Se están divorciando

Pero a la gente parece gustarle precisamente por eso, por ser diferente. Por eso los londinenses, ilustrados, progresistas y multiculturales, lo eligieron como alcalde en 2008, algo que nunca había sido su objetivo. Tres años antes, sin embargo, los tories habían elegido a David Cameron, más joven y menos carismático que él, ex de Eton y Oxford, y Johnson se lo tomó como una humillación.

El precio del ‘brexit’

En una encuesta reciente, el 47 por ciento de los británicos dice ver en Johnson al futuro ganador de las elecciones, pero solo el 13 por ciento le compraría un coche de segunda mano. Casi la mitad de los ciudadanos dudan de que sea capaz de unir a una nación rota. Y aún son más los que lo consideran una persona «inmoral».

Pero ¿qué más da todo eso si logra salir de Europa, da igual cómo? Ese es el mantra que ha calado entre el partido tory. Una encuesta de YouGov dejó claro hasta dónde están dispuestos a llegar muchos para que su país vuelva a ser una nación independiente: una amplia mayoría de los conservadores estarían dispuestos a asumir el desmoronamiento de su partido, la separación de Escocia, la reunificación de Irlanda y daños permanentes en la economía británica a cambio del brexit. Para dos de cada cinco tories, incluso un gobierno del laborista Jeremy Corbyn sería un precio que pagarían encantados.

En una grabación aceptó darle a un turbio empresario la dirección de un periodista hostil para que le dieran una paliza

Es como si el brexit hubiera llevado al Partido Conservador, con más de 300 años de historia, a evolucionar hacia una especie de secta política, y como si Boris Johnson interpretara con virtuosismo el papel de líder con sus mensajes mesiánicos: ‘creed en este gran país’, ‘amaos los unos a los otros y lo conseguiremos’, pero de agenda política… nada.

En su pasajera etapa como ministro de Exteriores de Theresa May se paseó por el mundo metiéndose en charcos y lamentándose de la poca autoconfianza que mostraba su país. Desde sus generosamente retribuidas columnas del Daily Telegraph, convertido desde hace bastante tiempo en El Borisgraph, Johnson exigía emprender «la lucha contra los enemigos» en la UE, pero más allá de palabras grandilocuentes y vacías poco se podía sacar en claro de sus diatribas. No sin razón Nick Clegg, ex vice primer ministro, dijo que Johnson era «un Donald Trump con diccionario».

Johnson ha anunciado que sacará a su país de Europa lo más tarde el 31 de octubre, «pase lo que pase». Si acaba sacando a su país de Europa sin acuerdo, desencadenaría imprevisibles turbulencias económicas, sociales y políticas en el Reino Unido, además de correr un riesgo personal muy elevado. La mayoría del Gobierno conservador en la Cámara Baja es escasa. Bastarían tres rebeldes tories para derribarlo. Y ya son más de tres los que han amenazado con hacerlo.

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Carrie Symonds, novia de Boris Johnson, de 31 años

¿Qué decidirá Johnson, el jugador? «Boris Johnson, como siempre, hará lo que crea que le permitirá salirse con la suya -dice Tim Bale, experto en el Partido Conservador de la Queen Mary University-. Si ve que una salida sin acuerdo podría resultar desastrosa, es probable que dé marcha atrás en el último minuto. Si piensa que el no acuerdo es la única opción, quizá se arriesgue a convocar elecciones para conseguir una mayoría parlamentaria. Para ser sincero. todo es posible».

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