El coronavirus parece haberse cobrado una nueva víctima: la estabilidad mental de Elon Musk. Indignado por el cierre obligado de su fábrica de coches eléctricos en California, el fundador de Tesla se hundió en un frenesí tuitero que hizo perder miles de millones a sus accionistas y a él mismo. Así se las gasta el hombre que ha revolucionado el mundo del automóvil y los viajes espaciales. Por Fernando Goitia / Fotos: Getty Images y Cordon

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Figura ya -con permiso de Donald Trump, por supuesto- entre los tuits más onerosos de la historia. Elon Musk, fundador y presidente de Tesla, hizo perder a los accionistas de su icónica empresa casi 15.000 millones de dólares con apenas 33 caracteres: «Tesla stock price is too high imo» (‘Las acciones de Tesla están sobrevaloradas, en mi opinión’).

El magnate publicó este comentario en su cuenta de Twitter el pasado uno de mayo y, en apenas media hora, la cotización de su compañía de coches eléctricos se desplomó casi un 12 por ciento. El propio Musk, de hecho, dueño del 20 por ciento de las acciones, perdió 3000 millones.

¿Cómo se explica semejante acto de autosabotaje? Por muy extravagante que suene la respuesta, todas las flechas apuntan al coronavirus. El dichoso patógeno, sumado, claro está, al carácter de Musk, un hombre de 48 años tan genial y visionario como errático y excéntrico, que se enfurece cuando las cosas no salen como desea.

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Musk dice que, con seis años, su cabeza ya era «como una explosión de ideas» y pensó que estaba loco. ‘Locura’ que aún acompaña a este amante de la juerga, el rock y bromas

«Tampoco es para tanto. Nos pasa a todos», dirá alguien. La diferencia es que Musk, cuya fortuna personal alcanza los 40.000 millones de dólares, es un personaje de dimensiones históricas. Un hombre que, de la mano de Tesla, empujó a los gigantes del automóvil a desbloquear el desarrollo de los vehículos eléctricos, rompiendo la hegemonía de los combustibles fósiles en su sector; un pionero que, al mando de la empresa SpaceX, ha creado el primer cohete espacial reutilizable con el que planea colonizar Marte.

Hablamos, recuerden, de dos compañías que Musk fundó tras vender su parte de otra empresa disruptiva, PayPal, impulsora de los pagos on-line en cuya creación participó. Y, por si fuera poco, suyo es también el concepto de transporte ultrarrápido Hyperloop (trenes que se mueven en túneles al vacío), el impulso para crear un nuevo avión supersónico o el proyecto de filmar la primera película de ficción en el espacio, aliado con la NASA y con Tom Cruise. Nadie duda, pues, de que Musk tiene un cerebro brillante. Tan brillante, sin embargo, como intolerante a la frustración. Algo que el coronavirus ha dejado de nuevo en evidencia.

El cierre obligado de sus fábricas por la pandemia indignó al magnate, quien, además, esperaba esos días la llegada de un hijo

Las restricciones ordenadas para combatir la pandemia le impusieron el cierre de sus gigafábricas de coches en Fremont (California) y Shanghái, y la de paneles solares en Búfalo (Nueva York). Musk intentó mantener abierta la planta californiana hasta ser advertido de que el suyo no era un servicio esencial. Acató las órdenes resignado hasta que California alargó las restricciones a todo el mes de mayo, mientras en otros estados se reabrían factorías y comercios. Fue ahí cuando su cabreo entró en combustión.

Encarcelamiento y fascismo

Musk dio su primer zarpazo el 28 de abril. Tesla presentaba resultados trimestrales y parecía un día feliz. Por primera vez en su corta historia, había beneficios en un primer trimestre del año: 16 millones; encadenando, además, nueve meses al alza. ¡Y en tiempos de coronavirus! Grandes noticias para una firma que, pese a vender apenas 367.500 vehículos al año, ya es la segunda mayor del sector por valor en bolsa. Sólo le gana Toyota.

Musk, sin embargo, no parecía contento. Cuestiones de mayor calado bullían en la mente del genio. «El encarcelamiento forzado de la población en sus viviendas rompe las libertades», lanzó por sorpresa ante la prensa. «Que te arresten si sales de tu casa es fascista», añadió. Sentencias que saltaron de inmediato a las portadas de los medios financieros.

Un día después, inició su escalada en Twitter al aplaudir la apertura de comercios en Texas y compartir, bajo la frase «devuelvan la libertad a la gente», un artículo del Wall Street Journal que defendía la inutilidad del confinamiento para salvar vidas en la mayoría de los lugares. Al día siguiente, colgó otro reportaje que ahondaba en esa tesis, seguido de críticas a las agencias federales, por inflar las cifras de muertos por COVID-19, y al gobierno de California, por mentir sobre la ocupación en las UCI.

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Musk y la cantante Grimes fueron padres el 4 de mayo. El bebé se llama X Æ A-12 Musk. La X, explicó el padre, por la «variable desconocida»; las letras Æ significan en élfico ‘amor’ o ‘inteligencia artificial’; y A-12 es por un avión «sin armas, solo velocidad. Excelente en batalla, pero no violento»

Apenas un aperitivo previo a la mañana del 1 de mayo, cuando las invectivas se tiñeron de un tono más personal, influenciadas, quizá, por la ansiedad propia de quien está a punto de ser padre. Sí, padre, porque en medio de todo esto, su pareja, la cantante canadiense conocida como Grimes, de 32 años, ya estaba fuera de cuentas. Debió de ser un día agitado en casa de Elon Musk, un hombre que, en 2002, perdió a su primer hijo con apenas diez semanas de vida y tuvo luego otros cinco (gemelos y trillizos) por fecundación in vitro.

Un día de furia… tuitera

La tormenta emocional comenzó a hacerse pública a las 11.10: «Voy a vender casi todas mis posesiones. No poseeré casa alguna», tuiteó. Le siguieron varios mensajes encadenados en un intenso minuto: matizó primero que mantendría una casa que fuera del actor Gene Wilder, informó a continuación que Grimes estaba cabreada con él, expresó después su rabia ante «la muerte de la luz de la conciencia», siguieron varios mensajes con versos del himno nacional de EE.UU. y, a modo de estruendoso y grand finale, lanzó la bomba sobre el valor de las acciones de Tesla. A partir de ahí, el silencio.

Musk tardó un día en tuitear de nuevo. Subió una foto de su cápsula SpaceX Dragon, casi lista para una misión de la NASA, y una versión de Louis Armstrong del clásico What a wonderful world en un esfuerzo por devolver la calma a su cuenta. Para entonces, sin embargo, analistas financieros y tecnológicos ya debatían sobre el proceso mental que lo llevó a boicotear los intereses de su propia empresa. Inquietud que Phil Lebeau, experto de la cadena CNBC, resumió así: «Cada vez que Elon Musk se pone a tuitear siempre tenemos más preguntas que respuestas». A lo que Toni Sacconaghi, del gestor de inversiones A.B. Bernstein, añadió: «Musk está muy frustrado por las restricciones, el cierre de sus fábricas y su deseo de que la economía se abra pese al coronavirus. El problema es que con tuits como este, los inversores temen que vuelva a las andadas».

Y volver a las andadas, en el caso de Musk, es recordar que, tras pegarle una calada a un porro de marihuana y beber un trago de bourbon durante una entrevista en Internet, las acciones de Tesla se desplomaron un 10 por ciento -así de sensibles son los inversores-, empujadas por la idea de que su CEO estaría perdiendo el juicio. O que llamó ‘pedófilo’ a un tuitero que se mofó de uno de sus minisubmarinos. O, sobre todo, que el 7 de agosto de 2018 anunció en otro epatante tuit sus intenciones de controlar la compañía en una jugada nunca bien explicada y por la que la autoridad bursátil de EE.UU., la SEC, lo condenó a pagar una multa de 40 millones de dólares -20 para él y otros 20 para Tesla- por cometer fraude de valores.

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Elon Musk en la presentación de su lanzadera  Dragon

La resolución de la SEC permite al magnate seguir usando Twitter bajo una estricta limitación: no tratar asuntos financieros, legales, regulatorios u organizativos de la compañía sin la aprobación de un comité de Tesla. «La resolución busca prevenir futuras distorsiones del mercado que dañen a los accionistas», especifica el texto. Redacción que plantea ahora la duda de si la SEC impondrá a Musk y a su compañía algún tipo de castigo.

Se cual sea el desenlace, lo cierto es que llueve sobre mojado. «Musk es un cerebro único y brillante, pero las personas como él no son siempre grandes gestores, porque tienden a la excentricidad -señala Sacconaghi-. Musk aporta un valor tremendo a Tesla; esta es lo que es gracias a él, pero los accionistas no ven bien que se dinamite la estabilidad financiera de su compañía. Pero, claro, esto es lo que implica invertir en Tesla: te llevas el paquete completo».

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