Uno preside la Comisión Europea y el otro, el Parlamento. Son, por lo tanto, dos de los hombres más poderosos de Europa. Amigos desde hace años, nos hablan en esta charla conjunta de las consecuencias del ‘brexit’, de los grandes problemas de Europa y también de sus conversaciones telefónicas a primera hora de la mañana. Por Michael Sauga, Klaus Brinkbaumer y Honrad Knaup

EL ‘Brexit’ ha supuesto un trauma para la Unión Europea, pero también está sirviendo para que los europeos hagan examen de conciencia sobre el funcionamiento de sus instituciones. Las becas Erasmus, la Agencia Espacial Europea o el CERN y el laboratorio de investigación en física de partículas son ejemplos de que la colaboración funciona. La vacilante política sobre refugiados, la escasa coordinación a la hora de enfrentarse al terrorismo yihadista o el fracaso de la unión fiscal y bancaria son muestras de sus defectos.

En este clima de incertidumbre, y después de la dimisión del primer ministro británico, David Cameron, que asumió su responsabilidad tras el brexit, son muchas las voces que se preguntan si los dos máximos mandatarios de la UE, Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión, y Martin Schulz, jefe del Europarlamento, hicieron lo suficiente para evitar la escisión. Schulz y Juncker son dos supervivientes que llevan en los organismos comunitarios tanto tiempo que la burocracia los ha somatizado. Está por ver si la UE sobrevivirá indemne a su gestión.

A Schulz nadie lo puede acusar de tibieza a la hora de defender en voz alta sus ideales europeístas, pero las noticias sobre los desbocados gastos de su séquito -1,2 millones de euros, más los 280.000 de su sueldo- se conocieron en el peor momento. A Jean-Claude Juncker, por su parte, le salpicó de lleno el escándalo cuando salió a la luz que Luxemburgo se había convertido en un paraíso fiscal para 240 multinacionales en su etapa de primer ministro. Y, para colmo, el vídeo donde se le ve bebido en un acto oficial, saludando a los sorprendidos jefes de Estado propinándoles bofetadas ‘cariñosas’, dio más munición a los tabloides británicos que apoyaban el brexit. Que su predecesor, José Manuel Durão Barroso, haya fichado por el banco Goldman Sachs tampoco ayuda, pues es un ejemplo de cómo funcionan las ‘puertas giratorias’ en las altas esferas comunitarias. Schulz y Juncker alegan que no han tenido culpa en el mayor fracaso en la historia de la UE. En esta entrevista, nos hablan de todo ello.

DOCU_GRUPO Elected president of the European Commission Juncker attends a press briefing with European Parliament President Schulz, after his election in Strasbourg

XLSemanal. Señor Juncker, ¿cuál fue la primera persona con la que tuvo contacto después de conocer la noticia del brexit?

Jean-Claude Juncker. Con Martin Schulz. Tiene la costumbre de llamarme por las mañanas, entre las siete y las ocho… A veces me gustaría que abandonara esa costumbre.

Martin Schulz. Creo recordar que fue, más bien, entre las seis y las siete. Estaba totalmente sorprendido. Unos días antes había apostado a que los británicos seguirían en la UE.

Juncker. Yo aposté por el brexit. De hecho, Jonathan Hill -el comisario británico de Finanzas- me debe una libra.

XL. ¿Qué se dijeron por teléfono?

Schulz. Yo dije. «Jean-Claude, creo que la cosa va mal». Luego insistí en que la UE debía reaccionar con celeridad. Lo último que necesitábamos era una situación de ‘impasse’.

Juncker. Yo pensaba lo mismo. Estábamos de acuerdo en que los británicos tenían que presentar lo antes posible la solicitud formal de salida para evitar incertidumbres.

XL. Muchas veces, ustedes aparecen, como ese día, como socios políticos sin fisuras. ¿Entienden que en Europa haya gente que considere que hay, digamos, cierto conchabeo?

Juncker. Tonterías. Martin y yo dirigimos las dos principales instituciones comunitarias. Mantenemos una colaboración basada en la confianza. Ahora, después de 30 años en Bruselas, le puedo decir que la relación entre la Comisión y el Parlamento nunca había sido tan fluida.

XL. Precisamente es ahí donde muchos ven el problema. A fin de cuentas, la misión de un Parlamento es controlar al Ejecutivo, y no servirle de comparsa.

Schulz. Aquí no cabe hablar de comparsas. Tanto Jean-Claude como yo tenemos muy claro que desempeñamos papeles diferentes. Entre nosotros también hay roces. La Comisión pasa bastantes malos ratos en el Parlamento.

Juncker. Es algo que asumo con filosofía. En mi discurso de toma de posesión dije. «No soy el lacayo del Parlamento». Esa postura a veces lleva a conflictos, que se resuelven hablando.

XL. A pesar de todo, hay mucha gente en Europa que los considera un símbolo de esa política tecnocrática que se desarrolla en las sombras y que se suele asociar con la Unión Europea y el euro. Incluso algunos los culpan del brexit. ¿Reconocen su culpabilidad?

Juncker. No, ¿por qué debería hacerlo? No se puede sostener que los británicos hayan votado a favor de la salida de la UE por culpa del euro; de hecho, ni siquiera son miembros de la unión monetaria. Por otro lado, la crisis de los refugiados apenas ha afectado a su país. Mi explicación es otra. en sus 43 años de pertenencia a la UE, Gran Bretaña nunca ha terminado de decidir si quiere formar parte de Europa íntegra o solo parcialmente.

Schulz. Los principales responsables del ‘brexit‘ son los conservadores británicos, que han tomado como rehén a un continente entero. En origen, David Cameron propuso el referéndum para asegurarse en el cargo. Y, en lo que se refiere a esa imagen negativa que usted menciona, me siento orgulloso de que la señora Le Pen en Francia me insulte. Si gente como esa no me atacara, sería señal de que estoy haciendo algo mal.

XL. Las críticas no llegan solo desde los populistas de derechas. Señor Juncker, los ministros de Asuntos Exteriores polaco y checo han exigido su dimisión. Dicen sentirse mangoneados por la Comisión.

Juncker. Poco después de que se hiciera pública esa petición de dimisión, tuve ocasión de pasar varias horas con la primera ministra polaca. No me dijo ni una sola palabra sobre dimisiones. Y el primer ministro checo me acaba de insistir en que tengo que seguir en mi cargo.

XL. ¿Niega que una serie de países del este de Europa se sienten manejados por la Comisión, por ejemplo, con la imposición de las cuotas para la acogida de refugiados?

Juncker. Por «imposición» yo entiendo algo diferente. Es cierto que la Comisión propuso las cuotas, pero fueron los ministros reunidos en el Consejo de Justicia e Interior los que votaron adoptarlas.

XL. Los europeos del Este lo ven de otra manera. Piensan que lo que ha provocado el descenso de las cifras de refugiados ha sido el cierre de fronteras en la ruta de los Balcanes…

Schulz. Nos hemos acostumbrado a ver cómo los Estados miembros responsabilizan a la Comisión de todo aquello sobre lo que no son capaces de ponerse de acuerdo. El chivo expiatorio siempre es Jean-Claude Juncker. ¿Me permite citar un par de ejemplos?

XL. Por favor.

Schulz. El plan para establecer un impuesto a las transacciones financieras está sobre la mesa desde hace años, pero los Estados no consiguen alcanzar un acuerdo. Sobre la lucha contra el terrorismo, el Parlamento Europeo aprobó de urgencia una ley para el registro de datos de los pasajeros de avión, pero luego los ministros de Interior necesitaron meses para dar su visto bueno, al tiempo que rechazaron el intercambio automático de datos. Son solo dos ejemplos de entre muchos. La colaboración entre los gobiernos nacionales no funciona.

XL. A los europeos no les importa mucho de quién sea la culpa. Lo que les molesta son las eternas disputas de poder y que los procedimientos sean tan largos y poco transparentes.

Schulz. Eso es cierto, a mucha gente la política de Bruselas y Estrasburgo le parece algo de otra galaxia. Vengan alguna vez a una reunión del Consejo en Bruselas. ¿Saben lo que pasa en esas reuniones? Cada jefe de Estado o de Gobierno da su propia rueda de prensa, y todos transmiten en las 24 lenguas oficiales el mismo mensaje. «He impuesto mis puntos de vista». Y si las cosas no han salido como ellos querían, lo que dicen es. «Bruselas tiene la culpa». Lleva siendo así desde hace 20 años. Y eso deja secuelas. Es mortal para Europa.

Juncker. Además, existe una percepción distorsionada de lo que sucede en Bruselas. Circulan historias inventadas sobre si Juncker quiere imponer el euro en todas partes o pretende reforzar el papel de la UE, aunque ese mismo día haya hecho declaraciones en sentido contrario. No es algo que suceda porque sí. Se hace con la intención de debilitar a las instituciones europeas.

XL. Ustedes dos no solo están de acuerdo en cuestiones políticas, también mantienen una estrecha relación personal. ¿Qué hay de especial en su amistad?

Schulz. Me quedo con el dicho popular. «Los amigos son las personas que se quedan cuando todos los demás se van». Nunca me he visto en una situación en la que mis compañeros me hayan abandonado, pero estoy seguro de que, si se diese esa situación, Jean-Claude estaría ahí.

Juncker. En política hay distintas categorías de amistades. Mi amistad con el primer ministro griego, Alexis Tsipras, por ejemplo…

XL. … que usted enfatizó especialmente durante los momentos álgidos de la crisis griega…
Juncker. … yo la describiría como una amistad funcional. Su país se encontraba entonces a punto de salir de la eurozona, muchos griegos se sentían abandonados por los europeos; en aquel momento me pareció adecuado mostrarme como un amigo de Grecia. Se trataba de la dignidad del país. Sin embargo, la amistad con Martin es muy distinta, por profunda; va mucho más allá de la política.

XL. ¿Cómo empezó esa amistad?

Schulz. Nos conocimos en una entrega de premios en Aquisgrán. Jean-Claude ya era una figura relevante en Bruselas. Yo era un joven diputado del Parlamento Europeo. Conversamos durante bastante rato, y desde aquel día nuestros contactos se fueron haciendo más y más intensos. Pero hay otra cosa que nos une, y es que ambos venimos del entorno obrero.

Juncker. Mi padre era obrero del metal y el abuelo de Martin, minero. En estos oficios hay una conciencia especial de la solidaridad. Y eso crea puntos de contacto que no se dan en otras relaciones.

Schulz. Hay otro aspecto biográfico más que nos acerca. Tu padre, Jean-Claude, fue obligado a alistarse en el ejército alemán, fue herido de gravedad y acabó siendo prisionero de guerra de los rusos. El hermano de mi madre cayó en 1945 limpiando minas. Son cosas que marcan la infancia y que ayudan a explicar un poco más por qué ambos defendemos la unidad europea.

Juncker. Siempre he visto como un pequeño milagro que, después de la guerra, las gentes de las regiones fronterizas de toda Europa estuvieran dispuestas a olvidarlo todo y desarrollar un proyecto bajo el lema «nunca más guerra», que sigue vigente hoy. Siempre se dice que Europa es un proyecto de las élites. No es cierto. En realidad, es una creación de los soldados del frente, de los prisioneros de los campos, de las mujeres que retiraban escombros. Fueron ellos los que dijeron que a partir de ese momento las cosas se iban a hacer de otra manera. De Gaulle y Adenauer se limitaron a recoger ese anhelo.

XL. Oskar Lafontaine -influyente político alemán- dijo una vez que en la política no hay amistades verdaderas, solo comunidades temporales de objetivos.

Juncker. Bueno, Lafontaine ha demostrado ser fiel a su máxima…

Schulz. Yo puedo entender a Oskar. En la vida política es extremadamente difícil mantener una amistad cuando hay toda una constelación de poderes e intereses en contra. Conozco a amigos del mundo de la política que, con sus actos, someten su amistad a pruebas muy duras.

XL. ¿A qué amigos se refiere usted?

Schulz. Forma parte de la esencia de una amistad no divulgar ciertas cosas en público…

XL. Bueno, señor Schulz, en realidad, le ha fallado hasta su amigo Juncker. tras las últimas elecciones europeas, ambos acordaron que él lo nominaría a usted como su segundo. Pero no lo hizo. ¿Le sentó mal?

Schulz. Al principio, sí. Pero luego lo hablamos. Le dije que se había comprometido conmigo. Él me contestó que no había podido mantener el compromiso por las resistencias internas. Lo entendí. La clave es la sinceridad. Las mentiras y las tretas acaban con la amistad.

XL. En política no es raro competir por un mismo puesto con un amigo. ¿Al final el poder es más importante que la amistad?

Schulz. ¿Me está preguntando si yo sacrificaría una amistad por un paso adelante en mi carrera? Gracias a Dios, en mi vida política nunca he tenido que tomar una decisión como esa. Y tampoco me lo puedo imaginar.

XL. ¿Y a usted, señor Juncker, le ha pasado alguna vez?

Junker. No, mis amigos me han ahorrado tomar decisiones de ese tipo. Pero tampoco puedes dejar que una fidelidad ciega a la amistad te haga olvidar el interés general. Si Martin me propusiera algo sin sentido, nuestra amistad no me impediría hacer lo contrario.

XL. ¿Ha tenido que rechazar alguna propuesta del señor Schulz?

Junker. No siempre tenemos la misma opinión, pero, en esos casos, lo hablamos. Europa es una democracia, y las diferencias de opinión son algo consustancial a ella. El problema es que, si en Europa dos gobiernos o dos instituciones tienen opiniones diferentes, eso se transforma inmediatamente en una crisis. En Alemania, si el Gobierno y los parlamentos regionales no comparten una misma línea, nadie se plantea que esté en juego la supervivencia de la República. Me sorprende enormemente que en Europa todo el mundo tenga escalofríos cuando dos instituciones o dos personas expresan puntos de vista distintos.

XL. ¿También hablan ustedes de cuestiones privadas?

Schulz. Sí.

XL. Últimamente han circulado noticias sobre el estado de salud de Juncker y su consumo de alcohol. ¿Han hablado de ello?

Schulz. Claro. Hemos compartido la indignación que nos causa la difusión de este tipo de simplezas. Jean-Claude tiene uno de los trabajos más exigentes y duros del mundo. Es inevitable que a veces uno parezca cansado. Muchos de esos comentarios forman parte de una campaña política, indudablemente.

XL. ¿Qué dice usted al respecto, señor Juncker?

Junker. Ya he dicho en el Parlamento que no estoy ni enfermo ni cansado. Punto.

ASÍ FUNCIONA LA UNIÓN EUROPEA

La UE posee una estructura en la que resulta difícil que un solo Estado lleve la voz cantante. Hay competencias exclusivas de la Unión, como la política aduanera, comercial, monetaria y las normas sobre competencia; y otras que requieren consensuar las agendas nacionales con las comunitarias, tal es el caso de agricultura, transporte, salud, economía, seguridad, justicia, educación…
Para controlar todo este complejo entramado la UE se sirve de cinco instituciones fundamentales. Son las siguientes.

La Comisión Europea, con sede en Bruselas (Bélgica), es el órgano ejecutivo y legislativo de la UE. Está formada por 28 comisiones (una especie de carteras ministeriales a cargo de un comisario), una por cada país miembro. Redacta leyes y administra buena parte del dinero que gasta la UE. El presupuesto anual ronda los 142.000 millones de euros, de los que se reinvierten unos 128.000 y el resto (14.000) son para cubrir gastos de personal, etcétera. España, por ejemplo, aportó unos 9.800 millones en 2014. Y, en contrapartida, recibió de la UE 11.500 millones, la mayoría (6550) fueron ayudas para la agricultura, otros 3770 para políticas regionales (fondos estructurales y de cohesión) y unos 1030 para I+D. La preside el luxemburgués Jean-Claude Juncker.

El Parlamento Europeo, con sedes en Bruselas y Estrasburgo (Francia), está compuesto por 751 eurodiputados de los 28 países miembros. Comenzó siendo una asamblea consultiva, pero ahora se encarga de votar casi todas las leyes propuestas por la Comisión. Está presidido por el alemán Martin Schulz.

El Consejo Europeo permite que se reúnan los mandatarios de los Estados miembros, es decir, Merkel, Hollande, Rajoy y compañía… No tiene poder ejecutivo ni legislativo, pero marca la agenda política de la UE y escenifica las profundas diferencias entre unos y otros. Su presidente actual es el polaco Donald Tusk, una figura protocolaria con funciones muy limitadas.

El Banco Central Europeo, presidido por el italiano Mario Draghi, marca desde Fráncfort las directrices fiscales en la zona euro y sale al rescate cada vez que los mercados huelen la debilidad de alguno de los 19 países que adoptaron esta moneda.

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea, en Luxemburgo, tiene la función de asegurarse de que todos los Estados se atienen a las normas y leyes comunitarias, y de mediar en los conflictos entre los otros tres organismos. Lo preside el belga Koen Lenaerts.

C.M.Sánchez