Después de cinco años, el presidente de la Comisión Europea deja el cargo el 1 de diciembre. En esta entrevista a modo de despedida, concedida en su despacho de Bruselas, Jean-Claude Juncker nos revela cómo ‘sedujo’ a Donald Trump, advierte contra populismos y nacionalismos, defiende a su sucesora y, por supuesto, analiza la salud del proyecto europeo. Por Markus Becker, Suzanne Beter y Peter Müller / Fotografía: Anthony Dehez

«Otra vez estos periodistas», dice Jean-Claude Juncker antes de ofrecernos asiento en la mesa de reuniones de su despacho en Bruselas. Hay varios libros a la vista: The future is asian (‘El futuro es asiático’), del politólogo Parag Khanna; o Herbstbunt (‘Color de otoño’), una obra del actor y presentador alemán Thomas Gottschalk sobre el envejecimiento. El todavía presidente de la Comisión Europea quiere hablar de su despedida tras estar cuatro décadas en primera línea de la política. A sus 61 años cederá su puesto a Ursula von der Leyen el 1 de diciembre.

XLSemanal. Señor Juncker, cerró su discurso de despedida en el Parlamento Europeo con un «vive l’Europe». ¿Le preocupa el rechazo hacia la Unión Europea (UE) que va cobrando fuerza en países como Polonia o Hungría? Por no hablar, claro, del Reino Unido…

Jean-Claude Juncker. No estoy preocupado. El sentimiento de aprobación hacia Europa crece, lo vimos en las últimas elecciones. Ante el brexit, muchos ciudadanos sienten que, si más países abandonan la Unión y se acaba llegando a un desmembramiento, el futuro no es halagüeño.

XL. ¿Los británicos llegaron a sentirse alguna vez en casa?

J.C.J. Esa es la cuestión fundamental. Yo llevo en política europea desde 1982 y les he oído decir una y otra vez que solo estaban en la UE por razones económicas. Cada vez que surgía el tema de una mayor integración, no querían saber nada. Era así incluso con mi amigo Tony Blair. Cuando repites lo mismo 40 años, que no te extrañe que tus ciudadanos lo recuerden a la hora de votar en un referéndum.

“Quien sigue a los populistas acaba convirtiéndose en populista. Y los ciudadanos prefieren votar al original, no a la copia”

XL. Antes del referéndum de 2016, la mayoría de los observadores creía que decidirían quedarse. ¿Y usted?

J.C.J. No. Siempre estuve entre los convencidos de que el referéndum saldría mal. En 2014, cuando el primer ministro David Cameron me habló de un referéndum de salida, le dije: «Lo perderás». Me aposté una libra. Y la gané.

Jean-Claude Juncker: "He besado a Putin y a Erdogan... y eso no ha perjudicado a Europa"

Retrato de Jean-Claude Juncker. @Anthony Dehez

Antes de presidir la Comisión (2014-2019), Juncker ya fue clave en la construcción europea. En 1991 dirigió el proceso que desembocó en el Tratado de Maastricht. Cinco años después, gracias a su mediación, se cerró el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Y entre 2005 y 2013 presidió el Eurogrupo, organismo que coordina las políticas financieras, monetarias y económicas de los Estados miembros.

XL. ¿Por qué no se implicó en la lucha por la permanencia?

J.C.J. Porque Cameron dejó claro que no me necesitaba. Fue un gran error. Se dijeron tantas mentiras, incluidas las de Boris Johnson, que habría sido necesaria una voz que las contrarrestara.

XL. En el Reino Unido ya se ha extendido ese «nacionalismo estúpido» del que advirtió en su discurso de despedida. ¿Teme que pase lo mismo en otros países?

J.C.J. El nacionalismo me preocupa. En las elecciones europeas, los populistas no consiguieron los resultados que esperaban. Es tranquilizador, pero solo temporalmente. Y me preocupa que, entre los partidos clásicos, muchos siguen la estela populista. Quien sigue a los populistas acaba convirtiéndose en populista. Y los ciudadanos prefieren votar al original, no a la copia.

“Mi padre fue alistado a la fuerza por los nazis. En su primer día en la Wehrmacht formó parte de un pelotón de fusilamiento. No apuntó a nadie, pero… ¡vaya trauma!”

XL. Los nacionalistas presentan a la UE como un monstruo burocrático que destruye las identidades nacionales.

J.C.J. Yo nunca he hablado de los Estados Unidos de Europa, pero eso no ha impedido que muchos partidarios del brexit me consideren objetivo ideológico. No debemos dar la falsa impresión de que la UE va camino de convertirse en un Estado. Incluso los más entusiastas se oponen.

XL. ¿No cree que se necesitaría más centralismo en ciertas áreas? Por ejemplo, la UE difícilmente salvará el acuerdo nuclear con Irán y asiste impotente a la ofensiva turca en Siria…

J.C.J. En cuestiones concretas de política exterior, como condenar la situación de los derechos humanos en China, deberíamos tomar las decisiones por mayoría cualificada. No puede ser que no digamos nada porque un Estado miembro no esté de acuerdo. En cuanto a las intervenciones militares, debemos ser más prudentes.

XL. A la vista de la presión que ejercen los jóvenes contra el cambio climático, ¿debería haber ocupado esa cuestión un lugar más central en su gobierno?

J.C.J. No soy una persona que tienda a la autocomplacencia, pero hemos contribuido de forma decisiva a que el Acuerdo del Clima de París se hiciera realidad. Establecimos objetivos intermedios para 2030 y aspiramos a una neutralidad de carbono para 2050. Y les digo otra cosa: el que actúe como si esto no requiriera esfuerzos especiales se equivoca. Me encanta que los jóvenes se impliquen, pero no soy ingenuo: mucho de lo que se presenta de forma tan romántica, en realidad, no es fácil de lograr. La industria clásica también debe seguir teniendo un sitio en la Europa del futuro.

XL. Estados Unidos se ha retirado del acuerdo climático, pero usted consiguió establecer una conexión especial con Donald Trump e impedir, al menos de momento, una escalada en la guerra comercial. ¿Cómo lo hizo?

J.C.J. Uno de mis pequeños trucos fue usar solo estadísticas estadounidenses. Si Trump decía: «¡No me creo tus cifras!», yo le respondía: «Son tus cifras».

XL. Si las cosas fuesen tan fáciles, las relaciones transatlánticas irían mucho mejor…

J.C.J. También hay que actuar con decisión. En Washington, Trump empezó a hablarme de todos los europeos que habían estado antes que yo en el Despacho Oval: la canciller, presidentes, primeros ministros… Y yo le dije: «Todos son importantes, pero has hablado con las personas equivocadas. La Comisión es la única responsable de la política comercial, no los Estados miembros». Aquello le impresionó, y me dijo: «No quiero un acuerdo con la UE, lo quiero contigo».

XL. Como regalo, le llevó la fotografía de un cementerio de soldados estadounidenses en Luxemburgo.

J.C.J. También está enterrado allí el general George Patton. Sabía que Trump siente una estima especial por los generales victoriosos. Le expliqué que ese pequeño fragmento de tierra donde yacen cinco mil soldados es territorio de soberanía estadounidense. Así lo decidimos tras la guerra. Aquello lo conmovió. Son esos detalles los que abren los corazones.

XL. ¿Abrirle el corazón a una persona peligrosa por su volubilidad e inestabilidad es la estrategia correcta?

J.C.J. No comparto muchas de las decisiones de Trump, pero lo respeto. Es un ser humano. Tratarlo sin respeto no facilita alcanzar acuerdos sólidos.

XL. Volvamos a su «vive l’Europe». Nació usted en 1954, disfrutando de una vida en paz gracias a la UE. ¿Hasta qué punto le han marcado las experiencias de la generación de la guerra?

J.C.J. Mi padre, que murió hace tres años, creció en un pueblo. La ciudad más cercana estaba a cinco kilómetros. Nunca había ido más lejos de esa pequeña localidad hasta que, de golpe, el Ejército nazi lo obligó a combatir. Tres o cuatro días más tarde estaba en el frente ruso. Imagina el choque que debió de ser para él. Gracias a los papeles que dejó, supe que en su primer día en la Wehrmacht formó parte de un pelotón de fusilamiento. No apuntó a nadie, pero… ¡vaya trauma!: nunca se había alejado más de cinco kilómetros de su casa y de un día para otro viste un uniforme extranjero y odiado y es enviado al frente del Este y obligado a disparar a personas sin saber por qué.

XL. Su familia y usted tenían buenas razones para haberle dado la espalda a Alemania después de la guerra.

J.C.J. Mi padre siempre me decía: «Entre los soldados había mucha gentuza, pero también había personas buenas que me sacaron de la basura, que me salvaron la vida».

XL. Usted es multilingüe. ¿En qué idioma sueña?

J.C.J. Los luxemburgueses se sentirán decepcionados, pero no sé en qué idioma sueño. Es así. Y en la Comisión me paso el día entero hablando con colaboradores de todos los países de la UE y los idiomas se me acaban mezclando. Entiendo el italiano porque de pequeño jugaba en el parque con los hijos de los emigrantes italianos…

XL. Creció en un barrio de trabajadores de la industria metalúrgica en el que vivían muchos emigrantes…

J.C.J. Y por eso también entiendo bastante bien el portugués. Cuando era primer ministro, me paraban por la calle luxemburgueses de origen portugués y me decían: «Señor Juncker, todo va bien en Luxemburgo, pero hay demasiados extranjeros». Eso sí que es un éxito de integración, ¿no les parece?

XL. Ahora, los políticos se encuentran a todas horas sometidos a observación en las redes sociales. Si saluda a Viktor Orbán con un «hola, dictador», se genera una tormenta de indignación contra usted. ¿Cómo lleva ese escrutinio constante?

J.C.J. En cuanto a lo de Orbán, siempre lo he llamado «dictador», solo que aquella vez había micrófonos. Y en cuanto a Internet, es un avance positivo porque permite a la gente estar mejor informada, aunque no siempre contribuya a la paz social. Yo, personalmente, no estoy pendiente de las redes sociales.

“Soy como soy. No me imagino interactuar con otras personas sin tocarlas o sin que me toquen. A veces, mis colaboradores me dicen: ‘A este no puedes abrazarlo'”

XL. ¿Le hiere que se haya comentado repetidamente que bebe demasiado?

J.C.J. No voy a responder a esa pregunta. Este tipo de afirmaciones falsas le hacen más daño a mi familia que a mí. Volviendo al tema de la observación constante, es un producto de nuestro tiempo. Hay días en los que vienen 200 personas a hacerse selfis conmigo. A esa gente que se me acerca con la mejor de las intenciones podría decirle: «Mire, ahora no, no es el momento». Pero sonaría arrogante y distante, y no me gustaría dar esa imagen de Europa. Ya saben, si te dedicas a la política, te tiene que gustar la gente.

XL. Otra faceta suya que siempre aparece en los medios es que es una persona bastante física, de repartir palmadas en la espalda y besos. En política ¿es positivo conservar esas peculiaridades propias del carácter de cada uno?

J.C.J. A mí me da igual. Yo soy como soy. A veces pienso que lo peor de estar en la cárcel es no poder sentir esa cercanía física. No me imagino interactuando con otras personas sin tocarlas o sin que me toquen. De vez en cuando, mis colaboradores me dicen: «A este no puedes abrazarlo». Pero a mí me ha besado Erdogan, así que yo también lo he besado a él. Y he besado a Putin y él me ha besado a mí. No creo que eso haya perjudicado a Europa.

Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea: "He besado a Putin y a Erdogan... y eso no ha perjudicado a Europa" 2

En el rígido mundo de la política, Juncker destaca por ser una persona física, amigo de abrazos, palmadas, bromas y besos, tal y como muestran estas escenas: (de izquierda a derecha) con Vladimir Putin, Angela Merkel, Luis de Guindos y Con Guy Verhofstadt.

XL. En diciembre se jubila. ¿Se ha preparado a fondo para la vida después de la política?

J.C.J. El agujero negro no me da miedo. En casa tengo 40.000 libros, y entre este y otros despachos hay 16.000 más. Es la primera vez en mi vida que me dedico a desprenderme de libros. Y es algo doloroso. O, miren estas fotos [una persona de su equipo abre un armario y nos muestra dos fotos en formato DIN A3]. Son fotos de besos: una con Nigel Farage, líder pro brexit, y otra con el anterior presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz. ¿Se supone que hay que deshacerse de fotos como estas?

XL. La historia ha sido, casi siempre, cosa de hombres, pero ahora Europa va a estar por primera vez en manos de mujeres: Ursula von der Leyen lo sucederá a usted, y Christine Lagarde ya se ha hecho cargo de la presidencia del Banco Central Europeo. ¿De qué forma cree que va a cambiar la política?

J.C.J. Siempre me he esforzado por tener la mayor cantidad posible de mujeres en puestos directivos. Aumenté la proporción de mujeres en posiciones relevantes de la Comisión de un 30 a un 41 por ciento. Estoy muy contento de que cada vez más mujeres estén accediendo a la política, es algo que la transforma. Pero no por ello el mundo va a ser necesariamente un sitio mejor.

XL. La señora Von der Leyen ha llegado al cargo de una forma bastante peculiar, sin pasar por el sistema de candidatos principales reclamado por el Parlamento Europeo. Y ahora está teniendo problemas para completar su Comisión a tiempo para el inicio de su mandato. ¿Qué pronóstico puede hacer sobre su sucesora tras estos comienzos tan accidentados?

J.C.J. Creo que reúne todos los requisitos necesarios para ejercer su cargo. Pero es cierto que yo tuve unos comienzos más sencillos. Fue gracias a mi amistad con los socialdemócratas. En última instancia, mi nombramiento se lo debo a ellos, y a Martin Schulz en concreto. Dentro de mi propio grupo, el Partido Popular Europeo, fueron muchos los que votaron en mi contra, los húngaros por ejemplo. Los nacionalistas de derechas dijeron: «No vamos a votarlo». Y yo les dije: «No me gustaría ser el tipo de persona a la que ustedes votarían».

XL. Señor Juncker, muchas gracias por esta conversación.

[Y Jean-Claude Juncker se despide con besos en las mejillas].

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