El Covid-19 no ha sido fruto de una desgraciada casualidad. La destrucción de la naturaleza y el cambio climático aumentan el riesgo de que aparezcan nuevas y terribles enfermedades. Te contamos cómo funciona esta dramática conexión. Por Philip Bethge 

El coronavirus no puede ocultar su origen. De su membrana exterior surgen diminutas moléculas proteicas, como si fuesen múltiples brazos, muy parecidas a las que tienen los virus que anidan en los pangolines. Y su material genético, en cambio, coincide en un 96 por ciento con el de patógenos hallados en los murciélagos de herradura, una variedad que vive en cuevas perdidas del Sudeste asiático. El nuevo coronavirus lleva tras de sí un largo viaje, una verdadera odisea que le ha hecho saltar de especie en especie. En la última etapa de este periplo, ha conseguido saltar al ser humano. Y ahora se extiende por todo el planeta como una plaga bíblica, solo que no ha sido el Todopoderoso quien la ha hecho caer sobre la humanidad. Han sido los mecanismos de la evolución, y también nosotros mismos, quienes hemos puesto de nuestra parte.

Los científicos llevaban años advirtiendo de que en cualquier momento podría aparecer un nuevo coronavirus peligroso para los humanos. ‘Zoonosis’ es el nombre que recibe este tipo de enfermedades infecciosas. Cada vez son más, su incidencia crece en todo el mundo porque el aumento de la población, la destrucción de la naturaleza, la extinción de especies y las consecuencias del cambio climático fomentan su aparición y propagación.

La lista de brotes epidémicos de virus nuevos –a menudo exóticos– potencialmente peligrosos para el ser humano forma un caleidoscopio aterrador: virus Machupo, Bolivia, de 1962 a 1964; MARV o virus de Marburgo, Alemania, 1967; virus del ébola, Zaire y Sudán, 1976; virus del VIH/sida, Estados Unidos, a partir de 1981; virus Sin Nombre/hantavirus, Estados Unidos, 1993; gripe aviar H5N1, Hong Kong, 1997; Virus del MERS, Arabia Saudí, 2012. Ahora el SARS-CoV-2, China, 2019. Y esto es solo una selección…

Cuando la biodiversidad de un lugar se reduce, algunos tipos de virus no solo se adaptan al nuevo medio, sino que se convierten en ‘especie dominante’

Entre 1960 y 2004, el número de enfermedades nuevas que han aparecido en el ser humano alcanza las 335. Y al menos el 60 por ciento de los patógenos que las provocan han saltado desde animales. Detrás de estas enfermedades, suele haber un elemento recurrente: los murciélagos y sus parientes los zorros voladores. Estos animales siempre van acompañados de enormes cantidades de virus. De hecho, ya se han identificado 3200 coronavirus diferentes en los murciélagos y zorros voladores. Sin olvidar que también pueden portar filovirus, los causantes del ébola.

Los murciélagos no enferman

Todos estos patógenos, sin embargo, no causan ningún problema a los murciélagos. Su sistema inmunitario, muy activo, los mantiene a raya. De hecho, sus molestos inquilinos solo se vuelven peligrosos cuando cambian de organismo huésped. La mala noticia es que la probabilidad de que salten a otro huésped es cada vez mayor.

 

Coronavirus y cambio climático, ¿existe alguna conexión? 1

El World Press Photo, el más importante certamen de fotoperiodismo, premió este año la cobertura de varios temas que han acabado siendo cruciales: el tráfico ilegal de animales salvajes, como el pangolín, para su consumo. Foto: Brent Stirton / Getty Images for National Geographic

«El tráfico de animales salvajes ha alcanzado proporciones inéditas. Eso facilita que se formen nuevos cócteles de virus», dice Kate Jones, experta en biodiversidad del University College de Londres. «Primero creamos unos hábitats que permiten una transmisión más fácil de los virus, como las grandes urbes, y luego los seres humanos y los animales cada vez están más próximos. ¡Y nos sorprende que aparezcan patógenos nuevos!», denuncia.

La viróloga Sandra Junglen, de la Clínica de la Charité de Berlín, estudia cómo se propagan estos patógenos. Viaja a África y a América Central en busca de mosquitos que, junto con los murciélagos y los roedores, son los principales propagadores de virus: pueden provocar dengue, fiebre amarilla y hasta inflamación cerebral. Quiere descubrir cómo los cambios que producimos en los ecosistemas afectan a los patógenos y a sus huéspedes. Para ello, la viróloga y su equipo cazan insectos en sus lugares de origen. Sus ‘trofeos cinegéticos’ son congelados in situ en nitrógeno líquido y luego analizados en su laboratorio de alta seguridad, en Alemania.

Las cacerías de mosquitos han demostrado que algunas especies sacan partido de la destrucción de la selva y se adaptan al nuevo medio ambiente mejor que las demás. A estos magos de la supervivencia los biólogos los llaman ‘generalistas’. Lo malo es que su éxito lo comparten con los virus que viven en ellos.

Los virólogos están demostrando que cuando la biodiversidad de un entorno se reduce, algunos tipos de virus no solo se adaptan rápidamente a las nuevas condiciones, sino que son aupados a una especie de posición dominante. Y si esos virus dominantes se encuentran cerca de una aldea o de un campo de cultivo, saltan al ser humano con facilidad.

El antecedente de la fiebre amarilla

Un ejemplo alarmante de este mecanismo lo encontramos en los primeros brotes de fiebre amarilla del siglo XVI. En aquella época ya se había empezado a talar la selva en algunos lugares del continente africano. Hasta ese momento, el virus de la fiebre amarilla solo había circulado entre mosquitos y simios, pero cuando los humanos se abrieron paso hasta alcanzar sus hábitats, el virus saltó y se extendió, llegando a América a través del tráfico de esclavos. Hoy son los virus del zika o del ébola los que acechan al ser humano en las profundidades de las selvas africanas, dispuestos a abalanzarse sobre él en cualquier momento.

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Los incendios de Australia y California han sido devastadores para el medio ambiente

El cambio climático también puede influir en la propagación de los patógenos. El virus del Nilo Occidental, por ejemplo, salta de los mosquitos a las aves. Este patógeno llegó hace ya bastante tiempo al Mediterráneo a través de las aves migratorias, procedente de regiones tropicales. Pero ya ha saltado a los seres humanos. Se cree que la subida de las temperaturas de estos últimos años ha favorecido la expansión del patógeno hacia latitudes superiores. Este virus se transmite al ser humano por la picadura de mosquitos, entre ellos el mosquito tigre asiático, cuyo número no deja de aumentar en Europa. De hecho, en 2018 la Unión Europea vivió el brote más virulento de este virus con 85 fallecidos, según datos del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades.

Algunas especies de mosquitos sacan partido de la destrucción de la selva y se adaptan mejor que otras. Lo malo es que su éxito de supervivencia lo comparten con los virus que viven en ellos

Llegados a este punto, ¿cómo evitar pandemias como la COVID-19? Los científicos llevan tiempo alertando del peligro que suponen mercados como el de la ciudad china de Wuhan, donde se sospecha que se pudo infectar con SARS-CoV-2 el paciente cero. Para los expertos son auténticos reservorios de virus, donde se dan las condiciones ideales para que los patógenos salten la frontera entre especies. Vincent Cheng y su equipo de la Universidad de Hong Kong los califican de «bomba de relojería». Su primer aviso apareció en la revista Clinical Microbiology Reviews en 2007, cuando todavía estaba reciente la primera epidemia de SARS, que acabó con la vida de casi 800 personas entre noviembre de 2002 y julio de 2003.

La enorme influencia de la biodiversidad

Otro punto necesario para evitar pandemias es preservar la biodiversidad. La bióloga estadounidense Felicia Keesing afirma que tiene un «efecto diluyente»; es decir, reduce el peligro de aparición de nuevas enfermedades infecciosas.

En los ecosistemas que gozan de una mayor diversidad, las especies, y con ellas sus virus, tienen más complicado alcanzar una posición dominante, explica Keesing, con lo que también se reduce la probabilidad de que un patógeno consiga dar el tan temido salto a un nuevo organismo huésped.

“Humanos y animales cada vez están más próximos. ¡Y nos sorprende que aparezcan patógenos nuevos!”, dice la investigadora Kate Jones

Casi la mitad de todas las enfermedades animales que han pasado al ser humano desde 1940 han tenido su origen último en la modificación del uso de la tierra, en la agricultura y en los cambios en los hábitos alimentarios o la caza, según denunció en 2010 la bióloga estadounidense en un trabajo publicado en la revista Nature.

La principal recomendación de Keesing es identificar los ‘focos’ de posible aparición de enfermedades repartidos por el mundo y vigilarlos de cerca. También defiende que habría que conservar los hábitats naturales de esos lugares y protegerlos «para reducir el contacto entre humanos y animales».

«Cuando toda esta polvareda se asiente, haremos bien en recordar que el coronavirus no ha sido ni algo único ni una fatalidad salida de la nada», decía recientemente el científico estadounidense David Quammen en The New York Times. Y calificaba a la pandemia de previsible: «Era, y es, parte de un patrón de decisiones que los seres humanos estamos tomando».

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