Un virus no es un un vegetal ni un animal.  Ni tiene células. Ninguna. ¿Le parece raro? Pues tampoco está ni vivo ni muerto. Ahora es capaz de hacer un butrón en sus células. Surgieron hace 3500 millones de años y el coronavirus, causante de la actual pandemia  Covid-19, es su última criatura. Te contamos a qué nos enfrentamos. Por Carlos Manuel Sánchez/Foto: Unsplash

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Un virus es un bicho muy raro. Para empezar, ni siquiera es un bicho. No pertenece a ninguno de los cinco reinos de la vida. No es ni animal, ni vegetal. Tampoco es un hongo. Ni un protista (un ser unicelular), porque ni siquiera tiene células. Ni muchas, ni pocas. Ninguna. Y no, tampoco es una bacteria. Aunque mucha gente suele confundirlos. Una bacteria es un microorganismo procariota, es decir, es una célula tan simple que ni siquiera tiene núcleo. Pero se apaña sin él para vivir.

Básicamente, un virus es un trozo de código genético envuelto en una membrana, que viene a ser como el papel de regalo. Un regalo envenenado. De hecho, su etimología viene del latín: virus significa veneno. Su genoma es tan simple que apenas contiene 30.000 unidades, mientras que el del ser humano está compuesto por 3.000 millones. Si los virus son extremadamente simples, los priones son criaturas aún más sencillas. Ni siquiera tienen código genético. Son proteínas anormales con capacidad para infectar y multiplicarse. El prión más famoso es el que causa la enfermedad de las vacas locas.

¿Le parece extravagante? Pues agárrese. Un virus tampoco está vivo. A decir verdad, no está ni vivo ni muerto, como el gato de Schrödinger. Y no es una metáfora cuántica. No está vivo porque no cumple una de las funciones básicas de la vida: reproducirse por sus propios medios. Y tampoco está muerto porque, como un ladrón de bancos, puede hacer un butrón en las paredes celulares de un ser humano, abrir la caja fuerte donde las células guardan sus secretos más preciosos, esto es, su información genética. Y, con ese manual de instrucciones en su poder, replicarse.

Son muy hábiles. Los virus llevan millones de años afinando sus herramientas, prácticamente desde que comenzó la vida sobre la Tierra, hace unos 3500 millones de años. No se sabe cómo surgieron. Quizá eran células pequeñas que parasitaban células más grandes y en algún momento dejaron de necesitar su propia maquinaria celular y se las arreglaron con la de su huésped. O quizá, como sugiere la hipótesis del vagabundeo, evolucionaron a partir de fragmentos de ADN o ARN (material genético) que se escaparon, por así decirlo, de los genes de un organismo, y decidieron ver mundo por su cuenta.

El caso es que a los virus se los clasifica como un estado intermedio de la materia, algo así como la transición entre lo inanimado y lo vivo. Algunos expertos consideran incluso que la materia tiene tres estados: las cosas inertes (como una piedra), los replicantes (virus y priones) y la vida.

Los virus tienen muy mala idea. Infectan a todo tipo de organismos, no solo humanos: animales, hongos, plantas, bacterias… Incluso a otros virus. A los que practican esa especie de canibalismo viral se les denomina virófagos. Sin embargo, no son capaces de engañar al sistema inmune de ratas y ratones, por lo que los laboratorios que investigan vacunas deben utilizar roedores transgénicos con algunas características del genoma humano. Los virus son muy pequeños. Mucho más que las bacterias. Tanto que no pueden ser observados a través de un microscopio óptico, hacen falta microscopios electrónicos que congelan las muestras a unos 200 grados bajo cero.

El primer virus conocido fue descubierto en 1899. Causaba una plaga en la planta del tabaco. Desde entonces, se han descrito unos cinco mil, pero podría haber millones. El último (noviembre de 2019) es el coronavirus SARS-CoV-2, causante de la actual pandemia, denominada Covid-19, un síndrome respiratorio agudo que suele cursar con sintomatología leve, pero que en menos de un 2 por ciento de casos causa neumonía y otras dolencias graves.

Los coronavirus no son más que una gran familia dentro de los virus, que recibe su nombre porque, vistos al microscopio, parece que tienen un halo, como la corona solar. El SARS que provocó la epidemia de 2003 es un primo lejano.

Si examinamos la imagen de un coronavirus, se ve una cadena simple de material genético protegido por una envoltura llamada cápside vírica. Utiliza tres proteínas para hacer sus fechorías. La proteína S es la ganzúa que utiliza para entrar en las células humanas. La E, contagia a otras células. Y la N, le sirve de camuflaje ante el sistema inmunológico. Cada virus puede llegar a crear unas cien mil réplicas en solo 24 horas. No solo se fotocopia a sí mismo, también debilita o destruye a la célula invadida, lo que abre la puerta a las infecciones oportunistas de bacterias y otros ‘delincuentes’ habituales.

Cuando un virus infecta a una célula nueva se pueden producir erratas en el copiado de su secuencia genética. Normalmente, estas mutaciones suelen ser benignas. Y el virus se va haciendo cada vez menos virulento. No tiene sentido para ellos volverse más letales, porque si muere su huésped, pierden su capacidad de seguir replicándose. Las vacunas y antivirales que se están probando intentan impedir el proceso molecular de la infección. Los antibióticos no son eficaces con los virus, aunque sí con las bacterias. Conviene aclarar que las bacterias pueden ser patógenas, pero otras muchas son beneficiosas (como las de la flora intestinal). Los virus, por el contrario, nunca traen nada bueno.

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