Patricia Kal soy yo. Hasta hoy, era un secreto sólo conocido por unas pocas personas. Patricia Kal es también la autora de una novela, Y te irás de aquí, cuyo manuscrito lleva unos meses circulando por las mesas de las editoriales. Algunas lo han analizado, considerado y descartado para su catálogo. Es un resultado frecuente, que no tiene que ver, necesariamente, con la calidad del manuscrito o del editor: un lector editorial tan agudo y exquisito como André Gide rechazó, con informe muy negativo, un manuscrito de Marcel Proust, Por el camino de Swann, la primera novela de una serie que se acabaría convirtiendo en la obra central de la literatura francesa del siglo XX.

Sucede, simplemente. Hay que tomarlo con deportividad. También, por cierto, había algunos otros editores que estaban examinando la novela de Patricia Kal para su posible publicación y aún no la habían desestimado.

¿Por qué un autor que tiene acceso cómodo y casi privilegiado al circuito editorial decide firmar una novela en la que ha invertido años de trabajo y meses de escritura con el nombre de una desconocida para exponerla a la suerte que suele correr la obra de un autor novel? Digamos que era un experimento, y también una necesidad. La de confrontar a los editores primero, y a los lectores después, con una novela que fuera sólo el texto, sin ninguna indicación acerca de la persona que lo escribió, más allá de su lugar de nacimiento. Quería despojar a la historia de la losa de la autoría, que en mi caso es una marca ya consolidada y por tanto fuente de todo tipo de prejuicios, tanto positivos como negativos.

Estaba dispuesto a pagar el precio correspondiente. Aceptaba por ello de antemano el rechazo unánime, que ya sufrí hace veinticinco años con La flaqueza del bolchevique o El lejano país de los estanques —dos novelas que luego han tenido largo éxito—. También me resignaba a la publicación sin excesivo entusiasmo y a cambio de un anticipo irrisorio, o de ninguno. Aunque tengo familia y cuatro hijos que dependen de mí, llevo una vida modesta que me permite renunciar a la retribución que podía esperar si firmaba el libro con mi nombre.

En definitiva, estaba llevando a la práctica algo que leí en mi adolescencia, sin imaginar que pudiera llegar el día en que me resultara aplicable. Lo escribió Rainer María Rilke en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, y dice así:

Bitte keinen daß er von dir spräche, nicht einmal verächtlich. Und wenn die Zeit geht und du merkst, wie dein Name herumkommt unter den Leuten, nimm ihn nicht ernster als alles, was du in ihrem Munde findest. Denk: er ist schlecht geworden, und tu ihn ab. Nimm ein andern an, irgendeinen, damit Gott dich rufen kann in der Nacht. Und verbirg ihn vor allen.

O lo que es lo mismo (en traducción de Francisco Ayala):

No pidas a nadie que hable de ti ni siquiera con desdén. Y si pasa el tiempo y echas de ver que tu nombre circula entre los hombres, no hagas de ello más caso que de todo lo que encuentres en sus bocas. Piensa que se ha vuelto malo, y arrójalo. Toma otro, cualquiera, para que Dios pueda llamarte en plena noche. Y guárdalo en secreto para todos.

Eso era lo que trataba de hacer. Con una salvedad: el nombre elegido no es un nombre cualquiera, sino el que mi madre querría haberme puesto si hubiera sido una niña, y el apellido, la primera sílaba del segundo suyo. Honrarás a tu padre y a tu madre, dice el mandamiento, y estoy muy de acuerdo. Más en estos días.

¿Por qué revelo el secreto, renuncio al experimento, deshago el plan?

Ha sucedido algo que lo cambia todo en nuestras vidas. Cuánto, aún no somos del todo conscientes, pero seguro que mucho. De pronto mi experimento personal me pareció muy poca cosa, incluso algo ligeramente fuera de lugar. Veo a mucha gente que da lo que tiene, con una generosidad tan abrumadora que compensa de sobra las mezquindades de quienes no están a la altura. Me gustaría haberme formado como neumólogo o intensivista, pero por desgracia no lo hice. Me gustaría tener un camión para llevar lo que haga falta a quien haga falta, pero no lo tengo. Todo lo que sé es escribir historias, y todo lo que tengo es el fruto de ese trabajo. Resulta que gracias al experimento que estaba haciendo tengo una novela entera, inédita, que no he contratado con editor alguno. Resulta, por tanto, que tengo algo que regalar a mis conciudadanos, y eso vale más que mi tentativa de desaparición.

Revelo el secreto porque sé que una novela firmada por mí puede valer para algunos lectores más que una novela firmada por una desconocida. Les estoy muy agradecido, ellos me sostienen, y quiero que la aprovechen. También sé que para otros lectores vale menos. No les guardo rencor, así pueden evitarla.

La novela estará disponible mientras dure la cuarentena, gratuitamente y en soporte digital, para quienes quieran leerla. Agradezco a Zenda y XLSemanal su complicidad y su colaboración desinteresada para la producción y la distribución del libro en ese soporte. De acuerdo con lo pactado con ellos autorizo que se descargue y se copie para uso y lectura individual y sin ánimo de lucro, no su distribución por terceros ni a terceros, y me reservo todos los demás derechos.

En los últimos días se vienen oyendo voces contra iniciativas como esta, de poner a disposición de los lectores libros gratuitos. En este caso se trata de un libro que no existe siquiera en soporte físico, y nunca he creído que ningún autor —o autora—, con su nombre o con seudónimo, le quite lectores a otro —u otra—. Por si acaso, me atrevo a pedir a quien lea la novela y encuentre que la experiencia le compensa que con lo que se ha ahorrado, cuando pueda, compre un libro. A ser posible, uno de los que han aparecido en estos días y van a ver reducido su número de lectores, uno de los que publican los pequeños editores a los que esta crisis va a golpear o uno que lleve la firma de un escritor o escritora que empieza. Y que lo haga en una de esas librerías que ahora están cerradas y que merecen sobrevivir.

Esto es cuanto Lorenzo Silva va a decir de Patricia Kal. Era la explicación que pensaba dar si me descubrían, ahora la ofrezco de antemano. A partir de aquí, la autora es ella, y el libro queda solo ante los lectores, que pueden olvidarse de mí.

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