«Dejémonos de sensiblerías como los derechos humanos», exclamó George Kennan, máximo asesor del presidente Truman. Con este ideario se puso en marcha la mayor red de espionaje del mundo. Le contamos la verdadera historia del nacimiento de la CIA. Por Rodrigo Padilla / Fotos: Cordon Press

“Los caballeros no leen la correspondencia de otros caballeros”.Lo dijo Henry Stimson, responsable de Asuntos Exteriores, cuando le plantearon la posibilidad de descifrar los mensajes secretos de otros países. Eran los felices años 20, cuando EE.UU despertaba como gigante económico y su papel de futura superpotencia sólo figuraba en las mentes de los más ambiciosos ideólogos del expansionismo norteamericano. Dos décadas después, la CIA ya estaba operando en medio mundo. ¿A qué se debió este cambio de principios? ¿Qué ocurrió?

Pues, básicamente, el ataque contra Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941. Diversos departamentos del Ejército y diplomáticos atentos conocían los planes japoneses, pero sus informes se perdieron en una maraña de despachos. Nadie movió un dedo y los Zeros pudieron bombardear la flota del Pacífico sin problemas. EE.UU estaba en guerra. Les habían sorprendido con la guardia baja y eso no podía volver a ocurrir. Ahora sí que era conveniente «leer la correspondencia» de los demás.

Fue el presidente Theodore Roosevelt quien creó, en 1942, la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) para recabar y analizar toda la información necesaria para el desarrollo de acciones bélicas. Pero su aparato de espionaje estaba en pañales. Los primeros analistas reclutados fueron, sobre todo, jóvenes universitarios, procedentes en su mayoría de Yale, por lo que la OSS era conocida como el “Campus”.

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El presidente Ford en 1976 con el director de la CIA George Bush y el consejero de Seguridad Nacional

Durante la guerra, los norteamericanos se valieron principalmente del espionaje británico, más eficaz y experimentado. Conforme la contienda tocaba a su fin, en Washington crecía el convencimiento de que el panorama mundial cambiaría y que Estados Unidos tomaría el relevo de las potencias europeas. Y había que dotarse de los instrumentos necesarios para asegurar la hegemonía cuando llegase la paz. Había que crear una especie de Gestapo de ámbito mundial. Había que crear la CIA.

Tras la guerra, oficiales de las SS trabajaron como espías para EE.UU. Su pasado no contaba. Era la ‘operación Stay Behind’

Harry S. Truman sustituyó al fallecido Roosevelt al frente del país. Su misión era concluir la guerra y consolidar el nuevo orden político mundial. Estaba claro: la información es poder, busquemos pues información. Sobre todo de la Europa del Este, el patio trasero de una Unión Soviética que se intuía ya como el siguiente enemigo. Pero Estados Unidos no poseía redes de espionaje allí. Quien sí las había tenido, y muy eficaces, era la Alemania nazi. Una de las últimas misiones de la OSS antes de cambiar de siglas fue buscar y reclutar a agentes alemanes que corrían en desbandada por toda Europa.

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Los poderosos: Allen Dulles (a la izquierda) fue el primer director civil de la CIA. El fracaso de bahía Cochinos lo obligó a dimitir. Era hermano de John Foster Dulles (derecha), secretario de estados de Eisenhower

En ocasiones no hacía falta buscarlos, ellos solos acudían a ofrecer sus servicios al nuevo amo. Como el general Gehlen, responsable de los servicios de información nazis en el Frente del Este. En los últimos momentos de la guerra, ordenó a sus ayudantes que microfilmaran los informes más importantes y los enterraran en los Alpes antes de entregarse, con él al frente, a las tropas norteamericanas. Gehlen fue llevado a EE.UU, sometido a un programa de reeducación ideológica y devuelto a Europa para que construyera una nueva red de agentes y grupos anticomunistas. Era la operación Stay Behind. Muchos miembros de la Gestapo, de las SS y antiguos colaboracionistas vieron sus expedientes lavados, se libraron de los juicios por crímenes de guerra y empezaron a trabajar para los norteamericanos. Al mismo tiempo, cientos de científicos y expertos en armamento eran llevados desde los laboratorios alemanes en ruinas hasta los recién construidos centros de investigación estadounidenses. Su pasado no importaba, sólo el futuro. Y el futuro debía ser de Estados Unidos.

La agencia podía realizar operaciones en suelo extranjero bajo una condición: Washington debia poder negar su implicación

Finalmente, Truman ordenó la creación de la CIA en 1947 a partir de la OSS y del OWI (Buró de Información Militar, responsable de misiones de propaganda durante la guerra) y con estas redes de información “mejoradas” gracias a la colaboración de antiguos enemigos. Su misión era suministrar al presidente toda la información pertinente para valorar la situación internacional. Pero, además, se le encargó «llevar a cabo otras funciones y misiones relacionadas con la información y la seguridad nacional». Otras misiones… Un año después, el Consejo de Seguridad Nacional aprobó la ejecución de operaciones especiales en suelo extranjero con dos condiciones: debían ser secretas y ofrecer siempre a Washington la posibilidad de negar su implicación. El carácter secreto de sus actividades se vio reforzado poco después, cuando, por ley, sus responsables quedaron eximidos de publicar los nombres, las tareas, los ingresos o incluso el número de sus efectivos. Su presupuesto también era secreto y el director tenía carta blanca para mover millones de dólares a discreción.

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Allen Dulles en el Departamento de Estado y el ministro Peter A. Jay sirvieron cinco años como jefe de la división 

Para comprender las actividades de la Agencia Central de Inteligencia, no sólo en aquellos primeros años, sino también en las décadas siguientes, hay que conocer cuáles eran y son esos intereses. Dejemos que los resuma George Kennan, principal consejero del presidente Truman: «Estados Unidos posee el 50 por ciento de la riqueza del mundo, pero sólo el seis por ciento de la población. En tales condiciones, es imposible evitar que la gente nos envidie. Nuestra auténtica tarea consiste en mantener esta posición de desigualdad sin detrimento de nuestra seguridad nacional. Para lograrlo, tendremos que desprendernos de sentimentalismos y tonterías. Hemos de dejarnos de objetivos vagos y poco realistas, como los derechos humanos, la mejora de los niveles de vida y la democratización». Ése era el ideario. Así que manos a la obra.

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William Colby, director de la CIA, hace el juramento frente a Nixon

Lo primero, contener el avance del comunismo. Aunque la Unión Soviética, arrasada tras la guerra, no era rival para EE.UU, tal y como reconocen los informes de la época, sí lo era cualquier movimiento que se opusiera a la expansión del capitalismo y del dominio estadounidense. Estados Unidos debía “reconquistar” Europa. Por un lado, con el Plan Marshall de ayuda económica para la reconstrucción. Por otro, con la CIA. Su primera operación formal arrancó en 1947 en Italia, con la inyección de cientos de millones de dólares que frenaron el avance electoral de un Partido Comunista que, con casi dos millones de afiliados, era una de las fuerzas políticas más importantes del país. EE.UU articuló la creación y consolidación de partidos conservadores, envió diez millones de cartas a los hogares italianos en las que auguraba un futuro negro si vencía la izquierda, pagó anuncios en la radio, convenció a muchos de que, en los países comunistas, «los niños son propiedad del Estado» y empezó una de sus actividades favoritas: sacó a la luz cartas falsificadas para desacreditar a los líderes comunistas. Evidentemente, los conservadores ganaron las elecciones de 1948.

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La central de la agencia de inteligencia en Langley, Virginia (1964)

En Grecia, la situación era más complicada: el país vivía una guerra civil entre comunistas y conservadores que había arrancado de forma paralela a la lucha contra el invasor alemán y que se recrudeció tras la liberación. EE.UU tomó el relevo de Gran Bretaña en el apoyo económico y militar a los conservadores, y Grecia se convirtió en un campo de pruebas de técnicas militares antiguerrilla que incluían el uso del napalm, los defoliantes… los mismos métodos que se popularizarían años después en Vietnam. La victoria fue de los conservadores y Grecia, cómo no, pasó a ser un aliado fiel de Washington bajo la constante supervisión de la CIA, que formó y entrenó a la KYA, la sanguinaria agencia de seguridad interna griega, y no dudó en apoyar un golpe de Estado contra Papandreu en 1967 para instaurar un régimen dictatorial.

George Orwell y T.S. Elliot fueron dos de los autores que reclutó la CIA. Y se beneficiaron de una promoción extraordinaria

Además de la colaboración con políticos y grupos armados reaccionarios, la CIA llevó a cabo un amplio programa propagandístico para desacreditar al comunismo. Aparecieron decenas de revistas subvencionadas por Washington que, bajo el disfraz de la promoción de la cultura y el arte, expandían los mandamientos del american way of life y los libros de autores anticomunistas reclutados por la causa, como Isaiah Berlin, André Malraux, George Orwell o T. S. Elliot, acaparaban las mejores críticas y se beneficiaban de una promoción y una difusión extraordinarias.

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El presidente Truman en una reunión del Consejo de Seguridad Nacional (1948) rodeado por Cornelius Vanderbilt Whitney, Army Kenneth Royall, Sidney Souers, Arthur Hill, Roscoe Hillenkoetter, James Forrestal, George Marshall, W. John Kenney, A. M. Gruenther, Joint Chiefs y Robert Blum

Con el telón de acero en Europa, la CIA se hizo mayor de edad derrocando gobiernos, presionando, armando grupos rebeldes, intimidando, inventando. Nada de todo esto se parece a esas luchas de espías en Berlín Oriental que hemos visto en el cine. La guerra fría se jugó, sobre todo, en países del Tercer Mundo, en antesalas de políticos corruptos, en campamentos guerrilleros, en gabinetes de prensa o en cuarteles generales de militares con veleidades golpistas. Se puede rastrear la actuación de la agencia en casi cualquier país, desde los experimentos con LSD sobre prisioneros norcoreanos hasta las torturas sistemáticas practicadas en Vietnam, desde el intento de invasión de Cuba hasta el derrocamiento de Allende, pasando por el apoyo al sanguinario Suharto en Indonesia…

Las críticas que hoy recibe la agencia se deben a errores de cálculo. Sus métodos poco han cambiado desde su nacimiento

La edad de oro de la CIA, como vemos, no lo fue tanto. O, en todo caso, fue de un oro sucio. Larry Johnson, un veterano que conoció los viejos buenos tiempos de los años 50 y 60, afirmó en una entrevista: «Es una ironía de la historia que nosotros, que durante la guerra fría siempre sostuvimos que éramos mejores que los soviéticos con sus gulags, hayamos acabado haciendo lo mismo». Se refiere a las torturas en la prisión de Abu Ghraib y a Guantánamo en pleno siglo XXI. Pero los 60 años de historia de la Agencia Central de Inteligencia están repletos de episodios turbios, de operaciones de más que dudosa moralidad y de constantes violaciones de los derechos humanos en nombre de la libertad en el mundo y de la seguridad del país. Las críticas que ahora recibe en Estados Unidos se deben más a sus fallos y errores de cálculo que a sus métodos, que poco han cambiado desde su nacimiento. El nuevo campo de batalla de la CIA es la guerra contra el terrorismo. Y ya vemos a diario cómo se libra.

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