En la primera guerra mundial, la propaganda se convirtió en un arma clave. Por E.F

La Primera Guerra Mundial presentó muchas novedades respecto a las guerras anteriores. Entre ellas: la llamada ‘guerra psicológica’, en la que los carteles y las ilustraciones en la prensa gráfica jugaron un papel crucial. Sobre todo, a través de la falsa información optimista que cada país lanzaba a su población acerca de las propias fuerzas, exagerando siempre la debilidad del adversario. Así, según la contienda se alargaba, la psicología fue siendo un factor cada vez más vital para elevar la moral propia y minar la del enemigo.

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Además de campañas de intoxicación informativa o de manipulación, se emplearon mensajes destinados a canalizar emociones, tanto de valor como de odio; a estimular el esfuerzo industrial; a promocionar el ahorro de combustible y alimentos; a pedir la discreción ante el peligro de los espías; a obtener préstamos de guerra; a organizar servicios sanitarios, de bomberos o de policías…

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También las organizaciones caritativas hacían campañas para ayudar a los combatientes, los prisioneros, los mutilados y las víctimas civiles. Hasta tal punto fue efectiva la guerra psicológica que desde entonces se mantiene y sofistica en todos los conflictos.