Melinda Gates pertenece a una secta satánica y Angela Merkel es la nieta de Hitler. Que las redes son un coladero para la desinformación no es nuevo. Pero el problema se ha agravado con la pandemia hasta convertirse en una ‘infodemia’ que está costando vidas, según la ONU. Te contamos la verdad sobre las teorías ‘conspiranoicas’. Por Carlos Manuel Sánchez / Fotos: Javier Jaén y Getty Images 

• Bill Gates ha creado el COVID-19 y otras teorías ‘conspiranoicas’

Se hace llamar Q. No se conoce su identidad, aunque sus seguidores creen que se trata de un militar de alta graduación o de un miembro del gobierno, quizá de varios…

Q publica en foros de Internet; asegura que tiene acceso a archivos clasificados de máxima seguridad. Y lleva cuatro años anunciando la ‘Tormenta’. Un golpe del Ejército, liderado o consentido por Donald Trump, que arrestará a miles de políticos del Partido Demócrata, actores de Hollywood y dirigentes de compañías tecnológicas. («Señor y señora Gates, tienen derecho a guardar silencio»). Serán llevados a la base de Guantánamo, juzgados y, llegado el caso, ejecutados. ¿Su delito? Pertenecer al Estado Profundo, un gobierno secreto que dirige los destinos del mundo. ¿Su última fechoría? Idearon el coronavirus para afianzar su poder.

¿Disparatado? Cientos de miles de estadounidenses creen en las predicciones de QAnon (acrónimo de Q y anónimo). Llevan camisetas con su consigna («Donde va uno, vamos todos»). Confían en los ‘sombreros blancos’, personas decentes empeñadas en la lucha clandestina contra los traidores. Las redes sociales están plagadas de cuentas de simpatizantes, entre ellos 36 candidatos republicanos al Congreso. El propio presidente Trump las retuitea con asiduidad. Para The Atlantic, QAnon se ha extendido de tal forma que «estamos ante el nacimiento de una nueva religión». Un crisol en el que se amalgaman otras teorías de la conspiración que van encajando unas con otras, incorporando nuevas tramas y villanos. Su potencial desestabilizador la hace muy peligrosa. Basta con que salte una chispa…

Más de 30 candidatos republicanos al Congreso de Estados Unidos y el propio Trump retuitean los mensajes de Q, un tipo anónimo que asegura que Bill Gates ha creado el coronavirus

«Cuando empieza el saqueo, empiezan los tiros». Donald Trump acababa de publicar otro mensaje incendiario en Twitter. Era el 28 de mayo y la muerte de un afroamericano custodiado por la Policía había desatado los peores disturbios raciales en Estados Unidos desde el asesinato de Martin Luther King. En su casa de San Francisco, Jack Dorsey, CEO de Twitter, es informado. Mira su móvil, lee el tuit y convoca una reunión urgente de su cúpula, abogados incluidos, mediante una videollamada. ¿Podía ser esa la chispa? Dorsey vive un momento complicado. Twitter vuelve a ganar dinero, pero en marzo entró en el accionariado Paul Singer, director del fondo ‘buitre’ Elliott Management, un ferviente republicano que presiona para reemplazarlo. Dorsey, que ya piensa en otros proyectos (vivir en África, impulsar las criptomonedas) tiene una cuenta pendiente con la historia. Y con su conciencia… Twitter fue un trampolín para Trump en la campaña electoral de 2016, plagada de rumores y falsedades. Dorsey necesita redimirse. Puso en marcha a principios de mayo nuevas herramientas para detectar bulos y cuentas que propagan el odio. Se vale para ello de la inteligencia artificial, personal contratado y de los propios usuarios, pero le siguen metiendo goles… La Universidad Carnegie Mellon acaba de publicar que la mitad de la cuentas que protestan contra el confinamiento en Estados Unidos son ‘bots’.

¿Qué hace creíble una teoría de la conspiración?

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Los árbitros de la verdad

A la reunión remota, a través de la red de mensajería Slack, asisten diez de sus directivos. Siguió un debate que mostró la profunda división en la compañía. Unos sostenían que Trump estaba alentando a la Guardia Nacional para que disparase contra sus propios compatriotas y pedían que el mensaje fuese retirado. Otros recordaban que el presidente de Estados Unidos llevaba publicados más de 52.000 tuits, cientos de ellos cuestionables, y Twitter siempre se había mostrado neutral, a excepción de tres muy recientes, «potencialmente engañosos», sobre el voto por correo, a los que la plataforma había añadido enlaces a fuentes de información «para que los lectores puedan juzgar por sí mismos». Esto había provocado una avalancha de insultos y amenazas hacia empleados de Twitter por parte de simpatizantes de Trump. La situación era explosiva. Pasada la medianoche, Dorsey adoptó una solución salomónica. Twitter ocultó el mensaje «porque glorifica la violencia, lo que viola nuestras reglas», aunque permitía pinchar un enlace para verlo «por su interés público». Era la primera vez que la red del pajarito censuraba a un líder mundial.

A la mañana siguiente, Trump declaraba la guerra a Twitter y, de rebote, a Facebook, que también está poniendo a punto sus propios métodos de verificación, aunque Mark Zuckerberg se apresuró a criticar a Dorsey. «Las empresas privadas no pueden ser el árbitro de la verdad», dijo. Decenas de empleados de Facebook mostraron su descontento con la tibieza de Zuckerberg según The New York Times. Para entonces, Trump ya había firmado una orden ejecutiva que modifica la sección 230 de la ley de Decencia sobre las Comunicaciones. Una norma que las grandes tecnológicas venían utilizando como salvaguarda para proteger la conversación global en Internet y, de paso, protegerse legalmente a sí mismas. A partir de ese momento, las redes sociales ya no podrán escudarse en que solo son plataformas y, por tanto, no son responsables de lo que sus usuarios escriban en ellas. Si quieren moderar, sostiene Trump, deberán responder como cualquier otro medio de todo lo que publiquen. Los analistas se preguntan quién ganará el pulso. Para empezar, Twitter se puede quedar sin el tráfico descomunal que generan los 80 millones de seguidores de Trump. ¿Y alguien se imagina a Trump sin su altavoz (y su entretenimiento) favoritos?

A cinco meses de las elecciones, Trump no está dispuesto a permitir que lo censuren. Y menos ahora que trata de recuperar popularidad aireando machaconamente la delirante conspiración del ‘Obamagate’, una presunta Administración paralela, orquestada por Obama, que ha seguido dirigiendo el país en secreto y que boicotea las iniciativas del presidente legítimo, en connivencia con Putin y con el FBI. ¿Les suena? En efecto, es una versión del Estado Profundo de QAnon.

Su táctica es echar balones fuera. Los más de cien mil muertos estadounidenses por la pandemia son culpa de China; los 40 millones de desempleados deben pedirle cuentas a los gobernadores demócratas, no a él; detrás de las protestas por la brutalidad policial están los ‘antifa’ de la izquierda radical. Y la COVID-19 se cura con lejía.

El antídoto: el buen periodismo

Que las redes son un coladero para la desinformación no es nuevo. Pero el problema se ha agravado con la pandemia hasta convertirse en una ‘infodemia’ que está costando vidas, según la ONU. Y amenaza con llegar al paroxismo conforme se acerca la cita electoral de noviembre. Un portavoz de Snopes, un portal que contrasta datos, reconoce que están desbordados. «Mucha gente, en su afán por encontrar consuelo, empeora la cosas al compartir desinformación». En la cacofonía de grupos que divulgan mensajes apocalípticos hay de todo: supremacistas, terraplanistas… Y gobiernos. Irán, Brasil, Rusia… El presidente venezolano Nicolás Maduro ha proclamado que el virus es una arma biológica de Estados Unidos. Y cualquiera es susceptible de convertirse en chivo expiatorio: Melinda Gates pertenece a una secta satánica y Angela Merkel es la nieta de Hitler.

«El rumor ha desplazado a la noticia como unidad básica de información. Y cualquiera puede convertirse en chivo expiatorio»

La gran pregunta es si, a estas alturas, las redes pueden adecentar su patio o si ya es un lodazal sin remedio. «El rumor ha desplazado a la noticia como unidad básica de intercambio de información. Twitter, por su carácter abierto, ha tenido una gran capacidad para atajar bulos sobre la pandemia. Eso hay que reconocérselo», afirma Marc Argemí, experto en redes. Sin embargo, los mensajes extremistas encuentran un terreno abonado en otros ecosistemas, como ciertos foros (4Chan, Reddit…) o los mismos grupos de WhatsApp o Telegram, donde se atrincheran. Los grupos conspiranoicos comparten bancos de memes, fotos y vídeos. «Incluso el cuñado de turno puede ejercer como ‘microlíder’ de opinión», ironiza Argemí. «Al final, la única vacuna es el espíritu crítico, y eso solo solo se consigue con una buena educación. Y con buen periodismo.

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