El refugio de Ines de la Fressange en París

El hogar de Inès de la Fressange en la zona más bohemia de París resume la habilidad de la modelo para crear belleza mezclando buen gusto, sofisticación y simplicidad. Por Cristina Uranga / Fotos: Trevor Tondro (Otto / Cordon)

Mucho antes de que el rosa millennial fuese oficialmente un color, Ines de la Fressange -musa de grandes genios de la moda y epítome perfecto del chic francés por orden de la República- ya lo había hecho suyo. Sin necesidad de darle ningún nombre. Su oficina en la central de Roger Vivier, en el 29 de Faubourg Saint-Honoré (París), donde ejerce de embajadora de la firma de zapatos de lujo desde hace más de una década, es una inmersión total en su color favorito. Su casa, al otro lado del río, en la bohemia rive gauche, lo contiene a trazos: casi salmón en su dormitorio, rosa chicle en la mesa de centro del salón, magenta en los cojines de la biblioteca… Pero siempre vestido de eclecticismo, elegancia y absoluta naturalidad.

En esta casa parisina conviven humildes sillas y muebles decimonónicos

A medio camino entre la esencia cool y el encanto bourgeois, en su hogar conviven tesoros familiares de rancio abolengo con felices hallazgos en el Marche aux Puces de Saint Ouen; humildes sillas de pueblo pintadas de los colores del arcoíris con telas centenarias de algodón vintage; magníficos murales decimonónicos de inspiración oriental con paredes de pizarra abarrotadas de mensajes escritos en tiza; manteles de flores campestres con sillones de terciopelo…

En pleno centro de París, en los alrededores de la Place Monge, y a tiro de piedra de las ruinas de Lutecia, donde todavía palpita el espíritu de aldea gala que precedió a la gran urbe, el hogar de Ines de la Fressange respira la misma magnífica tranquilidad que un château en las afueras. Está escondido en uno de esos patios interiores parisinos a los que se accede por pasadizos intrincados que parecen perderse en las entrañas de los edificios para dar paso a un universo paralelo. Es como cruzar el espejo de Alicia para encontrarse con una casa de muñecas. La de Ines tiene dos plantas, una destartalada escalera exterior de hierro invadida por el musgo, muros vestidos de hiedra, chimeneas de mármol, molduras originales del siglo XIX y un jardín secreto con árboles centenarios y una fuente de piedra donde el canto de los pájaros acompaña su despertar cada mañana. En su interior hay apliques dorados y jarrones con peonías, velas encendidas y muebles escuetos. Y, por supuesto, visión y genialidad: mucho antes de que las butacas de mimbre y ratán se convirtieran en imperativo legal de la decoración, Ines ya las había instalado en su salón.

El majestuoso encanto de esa mezcla decorativa es lo que llevó a Naoki Takizawa -director creativo de Uniqlo- a pedirle a Ines hace seis años que, por favor, transformara su universo en colecciones únicas para la firma japonesa. «Su ADN, su esencia está aquí, en esta casa», asegura el diseñador nipón. Ella tiene otra opinión: «Lo único que hay en mi casa es desorden». Precisamente es ese desconcierto vital lo que eleva el gusto decorativo de Ines a la categoría de genialidad.

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