¿Cuál es la mejor manera de repartir el trabajo?

Estoy en un lugar de la costa atlántica de los Estados Unidos. Y me puedo pasar horas observando a la gente. Mis vecinos son extremadamente parecidos a los de mi barrio. En la casa de al lado vive un señor experimentado en tratar a los demás; quiero decir que sabe decir ‘buenos días’ y ‘hasta luego’ con la mayor naturalidad.

Hay un joven también, al que llaman Tom, extremadamente servicial, que se ofreció ayer a trasladar un armario verde desde mi habitación en donde no hacía más que estorbar al comedor, en donde podía servir para lo que se había hecho. para guardar platos y cubiertos. Su hermana es rara, pero igualita que los demás; quiero decir que sonríe todo el rato. Ahora bien, cuando no sonríe te quedas hechizado, intentando confirmar que lo que más despierta su interés es el comportamiento de los validos y sus reyes del Siglo de Oro. En eso no se parece al resto, pero en todo lo demás es idéntica. el cuidado de su dieta ha conseguido repartir sus grasas adecuadamente por todo su cuerpo; sus senos no son ni demasiado grandes ni demasiado pequeños. No habla a trompicones.

El resto de la familia lo compone un grupo de jóvenes y amigos que se había acostumbrado a ocupar por la tarde, después de comer, la caseta de la playa que un vecino no utilizaba. Hasta que las cajetillas vacías de cigarros baratos, las numerosas colillas que adornaban la arena y alguna que otra botella de vodka advirtieron al dueño de que alguien ocupaba, en el sentido literal de la palabra, su caseta en la arena durante las tardes. Los jóvenes no ofrecieron resistencia cuando se les recordó que aquel espacio no les pertenecía. Estaban acostumbrados a utilizar durante un rato los lugares cuyos propietarios dejaban libres. En realidad, la mitad de la gente empleaba las casetas y las bicis que no eran suyas, como las casetas, mientras que la otra mitad no vivía del cuento.

Pensé entonces que al comienzo una parte de la gente era nómada y otra tenía residencia fija. Ahora, los había a partes casi iguales. unos que vivían del cuento y otros, de sus títulos. No parecía un sistema muy bien pensado. Siempre me quedé con ganas de contar uno a uno los que vivían del cuento y los que, por otra parte, vivían de un título. Entre los que vivían del cuento podía localizar fácilmente a los que no sabían exactamente de dónde procedían los recursos disponibles. podía ser del dinero acumulado por el resto para hacer frente a sus compromisos solidarios; podía ser por haber sabido escaquear lo que otros habían logrado a base de muchos esfuerzos. Unidos a los okupas y a los que no reconocían el ahorro de los demás, formaban la ola larguísima que casi superaba el número de aquellos que consideraban habérselo ganado sobradamente.

Bastaba poco tiempo de reflexión para sacar la conclusión de que había maneras más justas de dividir a la gente. En realidad, la separación entre nómadas y sedentarios que regía al comienzo de la cuadriculación no parecía que pudiera servir para siempre. ¿Era esta la mejor manera de compartir el fruto del trabajo de todos? ¿Y de que todos o casi todos siguieran trabajando? La verdad es que convendría saber si la división inicial entre los que se quedaban siempre en el mismo sitio y los nómadas era, de verdad, la mejor.

Hubo otros que estimaron que una buena manera de repartir el trabajo sería nombrar funcionario a todo el mundo. Para otros era más productivo que solo trabajara la mitad, pero que se repartieran los beneficios equitativamente. Otros, en fin, son partidarios de que sea el trabajo quien tenga la última palabra.