Madre e hija han decidido volver a la vida pública. Esta vez ninguna de ellas tiene en el punto de mira la Casa Blanca, sino las librerías. Hillary Clinton y su hija acaban de publicar un libro sobre mujeres valientes que han roto moldes. Con esa excusa nos reunimos con ellas para hablar de poder, feminismo, transexualidad y democracia. Por Decca Aitkenhead/ Fotografia: Guerin Blask

He entrevistado a Chelsea y Hillary antes, pero nunca juntas. Las dos se muestran en guardia permanente. No es raro; hace décadas que la prensa las tiene en el punto de mira. A los 71 años, Hillary ha estado sometida a un despiadado escrutinio de todos los aspectos de su vida, desde su matrimonio hasta su peinado o sus correos electrónicos particulares. Por su parte, Chelsea me cuenta que «han estado diciendo pestes sobre mí casi desde que tengo uso de razón».

Estamos en Manhattan, donde vive Chelsea con sus hijos y su marido, Marc Mezvinsky, gestor en un grupo inversor, con el que lleva 9 años casada. Hace tan solo dos meses que Chelsea ha tenido su tercer hijo; en un momento dado, se excusa y se marcha a amamantar al bebé. Sus hermanitos tienen 3 y 5 años. Chelsea habla midiendo sus palabras y matiza constantemente cada una de sus afirmaciones. Su madre, en cambio, es algo más directa y chispeante. En lo que coinciden las dos es en su asombrosa contención del lenguaje corporal: se mantienen perfectamente inmóviles y se limitan a asentir con la cabeza de forma estudiada.

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Chelsea, de 39 años, y su madre de 71, posan en Manhattan, donde vive la primera. Hillary vive en Washington

Romper el molde

El libro The book of gutsy women (‘El libro de las mujeres con agallas’), que han escrito a medias, es un homenaje a las féminas valientes y pioneras. Afirman que les ha encantado escribirlo juntas… Aunque Chelsea reconoce que se puso de los nervios cuando vio que su madre había redactado sus capítulos a mano.

Para entrar en materia, pregunto si la duquesa de Sussex es una mujer con agallas. «¡Sí!», responden. «¡Claro que sí!». Hillary sonríe. «Soy una admiradora de Meghan Markle y encuentro inexplicable la forma en que la han estado tratando».

«¿Será porque es birracial?», pregunto. Chelsea interviene: «Creo que también hay otros factores. El hecho de que sea una mujer independiente y orgullosa, con una carrera profesional, con voz propia. Por desgracia, toda persona que osa romper el molde de lo establecido, de lo que se supone que tiene que hacer, suele encontrarse con unas críticas biliosas que no llego a comprender. Es un patrón que se repite una y otra vez. No conozco a Meghan, pero se ha ganado todo mi respeto. Y me alegro de que no cambie, de que no se someta, de que siga haciendo el trabajo que cree que tiene que hacer. De que no se deje amilanar».

Cosas que cambiaría…

Pregunto a Hillary, en su listado de prioridades, ¿qué lugar ocupa su condición de abuela? «Oh, por favor, es lo que más me importa en la vida». Chelsea añade que «Hillary es una canguro de primera. Si ella está al cargo, sé que mis pequeños seguirán la lección y se bañarán y se acostarán a la hora debida. Eso sí, los mima demasiado… ¿Qué le vamos a hacer?». Su madre responde: «A ver, si los peques quieren pizza para comer y para cenar, no veo nada malo en dársela».

“Cuando mi padre se presentó a la Presidencia, yo tenía 12 años; y, de repente, unos hombres entrados en años no dejaban de meterse conmigo”

Me intereso por saber si la una cambiaría algo de la otra, y se echan a reír. «Depende del día –bromea Hillary–. Un día le diría que casi nada. Otro, que un montón de cosas». Y añade que le gustaría aliviar un poco a su hija de tantas responsabilidades, «para que durmiera algo más por las noches».

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Chelsea se abraza a su padre en un acto de 1993. La ‘primera hija’ fue objeto entonces de burlas. Cuando Trump llegó a la Presidencia, Chelsea fue la primera en exigir respeto para su hijo pequeño, Barron.

Sus palabras parecen sorprender a Chelsea. «Pensaba que mi madre iba a decir que le gustaría que fuera menos perfeccionista. Me lo lleva diciendo desde hace 25 años y ¡no acabo de ponerme las pilas! A mí me gustaría que mi madre usara el ordenador para escribir, aunque fuera con WordPerfect o Google Docs. Lo que fuese», ríe.

En el curso de una reciente entrevista televisiva, el presentador preguntó a Hillary en qué momento de la vida necesitó tener más agallas. «Cuando decidí seguir casada», contestó. Chelsea, boquiabierta, puso la mano en la rodilla de su madre y musitó: «No me esperaba esto que acabas de decir, me he quedado sin palabras. No puedo sentirme más orgullosa de la madre que tengo».

¿Por qué le sorprendió tanto esa respuesta de su madre?

«Porque estamos hablando de un momento increíblemente doloroso para nuestra familia, del que nunca habíamos hablado en público, aunque sí en privado, claro. Por eso me sorprendió la respuesta. Aunque, bien pensado, está claro que no podía dar otra».

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Chelsea vivió en la Casa Blanca de los 13 a los 21 años. Se ha especulado con que intentará ‘retomarla’ en algún momento y se presentará a las elecciones. Ella se limita a decir que «no es el momento».  Foto: Gettyimages

Intuyo que esta tan férrea lealtad entre madre e hija tiene mucho que ver con la polvareda levantada por el escándalo del presidente Clinton y Monica Lewinsky.

Vivir a la sombra de los padres

Crecida en la Casa Blanca, Chelsea estudió en Stanford y en Oxford; y luego trabajó como asesora de gestión empresarial. Hoy es vicepresidenta de la Clinton Foundation. «Es un poco frustrante, porque a nadie le gusta vivir a la sombra de los padres, pero me sentí llamada a hacer este trabajo, como hija y también como alguien que considera que hay que dejar tu impronta en el mundo».

Le pregunto en qué momento de su vida necesitó tener más agallas. «De pequeña me sentía protegida, pero todo cambió cuando mi padre se presentó candidato a la Presidencia. De pronto, unos hombres entrados en años no cesaban de meterse conmigo; no lo entendía y no lo llevaba bien. Tuve que hacer acopio de agallas para vivir la niñez que creía que merecería a los 12 años. Fue la primera vez en la vida que comprendí que debía ser valiente».

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Foto: Gettyimages

El único tema sobre el que madre e hija no parecen estar de acuerdo es la cuestión de las personas transgénero. En el libro mencionan a Danica Roem, la primera mujer trans parlamentaria. Cuando pregunto si una persona con barba y pene puede ser una mujer, Chelsea me mira como si yo fuera cortita. «Pues claro. Naturalmente». Hillary, en cambio, se muestra incómoda. «Eh… Por mi parte sigo aprendiendo sobre esta cuestión. Me temo que necesito más tiempo y esfuerzo para comprender lo que significa definirte de forma distinta a la de todos los demás».

«Me parece que una ha de ser sensible a estos problemas tan difíciles», añade. «Hay mujeres que, al hablar con una transgénero, sienten la obligación de recordarle que ellas crecieron en otra época, que sus experiencias son otras muy distintas. Que respetan su condición, pero no están dispuestas a aceptar que la persona trans sea exactamente igual que ellas. Hablo con mis amigas y veo que muchas lo ven de esta manera».

¿Dónde está Bill?

Bill Clinton casi ha desaparecido de la vida pública. Da la impresión de que Hillary y él llevan vidas separadas, pero no se sabe que ni él ni ella hayan entablado otras relaciones sentimentales. Tampoco se sabe si esa distancia es prueba de su autocontrol o de la capacidad familiar para controlar el relato; se trata de otro de los misterios que acompañan a los Clinton.

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Bill y Hillary en julio pasado en Nueva York. Aunque se prodigan poco en público juntos, todo indica que tienen una buena relación. Se casaron en 1975. Foto: Gettyimages

En el libro hablan de Greta Thunberg. ¿Les preocupa lo que se dice de ella? «No hago caso a eso que dicen de ella –apunta Chelsea–. Salta a la vista que es una persona fuerte, con un propósito definido, con alegría de vivir. Pero me preocupo por Greta como me preocupo por mi madre. Por desgracia, en el mundo hay gente con mucho resentimiento». ¿También se preocupa por su padre? «No tanto. Mi madre resulta más amenazadora para según qué personas».

“Me inquieta mi madre; hay mucha gente resentida. ¿Mi padre? No tanto. Ella resulta más amenazante para muchos”

Hillary vive angustiada «por la seguridad personal de mi hija. Por desgracia, tenemos unos dirigentes políticos que azuzan a la gente, sus miedos y su rabia y su ignorancia, para usarlas como armas en su propio beneficio. En Estados Unidos, nunca habíamos tenido un presidente que cultivara estas divisiones de forma deliberada. Forma parte del manual de los autoritarios: distraer, escurrir el bulto, atemorizar. Quieren que la gente viva sumida en el miedo porque así es más fácil manipularla. El líder de turno hace lo posible para que vivas confundido, diciendo cosas tan grotescas que no das crédito a tus oídos, hasta que suelta otra más gorda. Así, te vas acostumbrando y volviéndote insensible. Es lamentable. El patrón está claro».

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En 2010, Chelsea se casó con el inversor Marc Mezvinsky, a quien conocía desde que eran niños. Los padres de Marc tenían trato con los Clinton. Son judíos, pero Chelsea sigue siendo metodista. Tienen tres hijos.

Chelsea está de acuerdo: «Trump es un maestro de la manipulación». «¡Y lo malo es que le funciona!», salta Hillary.

Hillary conoció a Boris Johnson cuando este era alcalde de Londres y ve obvios paralelismos entre ambos. «Me pareció pagado de sí mismo, contentísimo de haberse conocido. En el pasado coincidí con Trump alguna vez y me dio la misma impresión. Era jactancioso y engreído. En ambos está claro que su ambición no tiene límites».

La democracia, en crisis

¿Les inquieta la complacencia de los votantes estadounidenses? «Creo que el fenómeno está reduciéndose –indica Chelsea–. Muchos están dándose cuenta de la sucesión de crueldades y mezquindades». Les cuento que, en el Reino Unido, muchos describen a Johnson como un héroe del pueblo en el combate entablado entre el pueblo y el Parlamento. Hillary me mira espantada.

¿Podría Trump manipular a los militares para seguir en el poder? “¿Quién sabe? El otro día tuiteó que podía estallar una guerra civil”

«Lo que dice me mete el miedo en el cuerpo. Mal andamos cuando un político se convierte en héroe. No sabemos qué va a pasar con el brexit, con el impeachment  contra Trump o en las próximas elecciones. Da igual la ideología que uno tenga o deje de tener, si respaldas a unos individuos empeñados en aprovecharlo para convertirse en líderes autoritarios, las cosas solo pueden ir a peor».

Hillary hace una pausa. «Estamos en crisis. La crisis de nuestra democracia es profunda. Existencial. Tenemos que recuperar nuestra democracia».

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Las Clinton siempre han sido escrutadas por su aspecto. En 2012, Hillary –secretaria de Estado– dijo que se sentía «aliviada» de no tener que preocuparse más por ello, y aparecía con el pelo recogido y gafas. Pero, al presentarse a la Presidencia, retomó su look habitual. Foto: Gettyimages

Hillary considera que esta vez será más fácil imponerse a Trump. «Estoy segurísima». Y añade: «Porque Trump ahora tiene un historial como mandatario. Hizo determinadas promesas. Repito: hizo unas promesas. Unas promesas que ni se ha esforzado en cumplir. Pero ahora hay un relato nuevo, el relato sobre el propio Trump».

“Estoy segura de que esta vez es más fácil derrotar a Trump. Hizo unas promesas que ni se ha esforzado en cumplir”

El New York Times ha publicado recientemente un artículo de opinión titulado: «¿Trump se irá de la Casa Blanca alguna vez?». El columnista cita a académicos de prestigio inquietos por la posibilidad de que, si sale derrotado en 2020, Trump recurra a su base popular «armada hasta los dientes» y/o a las Fuerzas Armadas para mantenerse en el cargo. ¿Hillary comparte este temor?

«Totalmente. Porque Trump es así. Forma parte de los mandatarios que hacen esas cosas. Putin no dejó el cargo. Y Trump trata de emularlo en casi todo. Si puede manipular al Gobierno, es muy capaz de hacerlo». ¿Y manipular a los militares también? «¿Quién sabe? ¡Nadie lo sabe! El otro día tuiteó que podía estallar una guerra civil. ¿A quién se le ocurre decir tales barbaridades?».

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