La supermodelo, actriz y aventurera estadounidense que cambió la industria de la moda sigue al pie del cañón con 76 años. Hablamos con ella sobre el envejecimiento sin intervenciones y por qué siguen ofreciéndole contratos millonarios. Por Bethan Holt / Fotos: Don Flood  / August, Getty Images

Cuando le preguntas por el secreto de su belleza a los 76 años, Lauren Hutton responde lo que todas las modelos: dormir y beber agua. Pero Lauren Hutton es todo menos una modelo convencional. Solo hay que charlar con ella para descubrirlo. «No hay un único patrón de belleza. Cuando viajas, ves físicos hermosos de todos los tamaños, formas, colores y edades, en todas partes: en Extremo Oriente, en Oriente Medio, en Sudamérica… Se puede ser guapa de muchísimas maneras», añade.

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En la última década, Hutton ha desfilado para Valentino, Bottega Veneta y Tom Ford, y ha hecho campañas para J. Crew y Calvin Klein

Lauren firmó en 1973 un mareante contrato con Revlon. 250.000 dólares por 20 días de trabajo al año. En su momento, la suma más alta en la historia de la profesión. Cuando cumplió los 41, no le renovaron el contrato -«las mujeres de más de 40 no llevan maquillaje», declaró un vicepresidente de la compañía-, pero Hutton no se amilanó y se embarcó en una campaña a favor de las modelos maduras. Y ganó la batalla: en la última década ha desfilado para Valentino, Bottega Veneta y Tom Ford, y ha hecho campañas para J. Crew y Calvin Klein.

“Yo me quedo con mi cara como está, aunque recuerde al trasero de un elefante. Me asusta cuando veo a esas mujeres con esas pieles irreales”

Ya desde joven Hutton soñaba con recorrer el mundo; así que cuando, siendo universitaria en Florida, se enteró de que como modelo podía sacarse un dólar por minuto, no lo dudó. Con sus característicos dientes frontales separados y su pequeña estatura para la profesión (mide 1,70 metros), se convirtió en la preferida de los grandes fotógrafos. Pero a diferencia del resto de modelos, en cuanto tenía unos días libres, en vez de pasar el tiempo en hoteles de lujo, Lauren tenía otras aficiones: recorrer Kenia al volante de un Volkswagen Escarabajo o dormir bajo las estrellas. Sus viajes como trotamundos por los cinco continentes influyeron en el terreno profesional.

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Hutton, retratada en los 90, con sus inconfundibles dientes frontales separados, que nunca quiso ‘corregir’.

«En una sesión de fotos con Irving Penn me pidieron que me pusiese un abrigo de leopardo auténtico. En principio no podía negarme, pero la idea no me gustaba nada. Por mis viajes sabía que los leopardos estaban extinguiéndose. Se lo dije a Penn y al final no hizo la foto. Más tarde, Diana Vreeland se enteró y vetó todas las fotos con pieles de leopardo en Vogue. Años después me contó que lo habló con unos amigos de Washington. El resultado: en Estados Unidos aprobaron una ley prohibicionista».

La última aparición de Hutton en una pasarela fue en julio en un desfile de Valentino. Lauren tropezó y se cayó. «Los botines no me estaban bien y andaba trastabillada. Al llegar frente al rincón de los periodistas tenía que girarme hacia el centenar largo de fotógrafos y cámaras de televisión. ¡Y bum! Me caí de culo. Alguien del público vino corriendo a ayudarme, y Kiki (Willems), una modelo que no puede ser más cariñosa, me agarró por el otro brazo. Sentada en el suelo, no podía contener la risa». El vídeo se hizo viral… sin que Hutton llegara a enterarse.

Presiones sexuales

Y es que ella casi no usa la tecnología. Un ejemplo: hace cinco años se compró su segunda televisión; la primera era de 1961. La gente trata de convencerla para que se apunte a Instagram, pero a ella le asusta cómo los móviles absorben nuestras existencias. «Aprendí a enviar mensajes de texto, y las tres horas siguientes se me pasaron volando. Me quedé de una pieza».

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Hutton en 1977, en Nueva York, en una muestra de Peter Beard. Como el fotógrafo, también ella recorrió los cinco continentes. Entre una gran fiesta y un viaje a Kenia, no lo dudaba

Tras el desfile de Valentino, Lauren y su agente fueron a cenar a Le Voltaire, el restaurante parisino preferido por las supermodelos. «Al salir, vi un enorme todoterreno negro junto a la acera con la puerta trasera abierta por completo. ¿Y quién estaba sentado mirándolo todo? Harvey Weinstein, nada menos. Todos creían que estaba en la cárcel, pero de eso nada. Creo que se acercó con la idea de ver a las modelos que entraban y salían del restaurante. Ese hombre es incorregible», dice con disgusto.

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La actriz en París, hacia 1970. Por entonces, repartía su tiempo entre el cine, la moda y su pasión de siempre. los viajes nada ostentosos con su marido y representante, Bob Williamson.

Hutton sigue sintiéndose consternada por la cultura del abuso sexual que ha amargado las vidas a tantas mujeres. «Te quedas de piedra, y es que hay algo en los hombres que los lleva a suponer que son irresistibles, que todas las mujeres están ansiosas de meterse en la cama con ellos. Y luego te vienen con que los encuentros sexuales fueron consensuados, que ellos nunca presionaron a nadie».

Cuenta que durante sus viajes no era raro que los hombres «me mirasen enarcando las cejas» cuando no estaba delante Bob Williamson, su pareja y representante. «Así de valientes son. Y creen que con eso basta para que te abras de piernas».

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Allí donde aparecía era el foco de todas las miradas. No ha habido fotógrafo que no se rindiera a su magnetismo. Aquí, bajo la lente de Ron Galella.

Lauren cree que su relación con Bob -a quien conoció cuando ella tenía 21 años- la protegió de «los peores líos en los que tantas chicas de los años sesenta se vieron metidas». Habla bien de él. «Me salvó el pellejo cinco veces. Bob siempre leía sobre los lugares que visitábamos. No guías turísticas, sino libros de Historia. Era muy inteligente, y aprovechaba hasta el último segundo de la vida». Sin embargo, cuando él murió en 1997, se supo que había sido un representante pésimo: como resultado de su gestión, Hutton perdió 30 millones de dólares.

En 2000 estuvo a punto de morir en un accidente de moto. “Me dijeron que no volvería a caminar. Me operaron siete veces. Trato de no quejarme de los dolores”

Eso quizá explique por qué quiere trabajar hasta el último aliento. Eso sí, envejeciendo sin cirugía plástica. En su momento experimentó con el bótox, pero hoy no esconde sus arrugas. «Siempre estás tentada de ir por ese camino y siempre están descubriendo soluciones milagrosas: que si extirpación de lípidos, que si esto o lo otro. Pero yo me quedo con mi cara como está, aunque recuerde al trasero de un elefante. Me asusta cuando veo a esas mujeres con esas pieles tan antinaturales, tan tersas, irreales. Lo interesante es ver que has vivido la vida. Ahí está la gracia… Tienes suerte de llegar a vieja. La belleza es salud. Hay que tener un aspecto saludable, sin enmascararte o ir pintada como una puerta».

En 2000 sufrió un accidente que a punto estuvo de impedirle llegar a vieja. Fue durante una carrera organizada por el Guggenheim Motorcycle Club. Ella conducía una moto de gran cilindrada y salió volando seis metros. Se rompió un brazo y una pierna, sufrió una perforación de pulmón. Estuvo en coma más de dos semanas. «Pensaban que no iba a salir con vida. Luego me dijeron que no podría volver a andar. Vinieron a verme catorce personas. No sabía que tuviera tantos amigos. Sospecho que vinieron para darme el último adiós. De resultas del accidente me operaron siete veces: en el cuello, en la espalda… Hago lo posible por no quejarme de los dolores. Y por seguir luchando».

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