Cuando en nuestro ordenador aparece el icono de un candado y escribimos una contraseña, lo que se activa, en la mayoría de los casos, es el protocolo RSA: dos ordenadores se comunican a través de un problema matemático. Por Ana Tagarro

Puede parecer complejo -y lo es-, pero el RSA es explicable en forma de ‘acertijo’: ¿qué dos números hay que multiplicar para que el resultado sea 15? Esto es fácil: 3 x 5. Ahora imagine que la cifra es 58732567. Descomponer eso es más complicado, pero un ordenador puede hacerlo. Ahora bien, si el número total está compuesto por 129 dígitos y, además, es el resultado de multiplicar dos números primos, es imposible saber qué dos números se multiplicaron para crearlo. Aunque crearlo es relativamente fácil. Esa es la genialidad del invento.

Cuando Rivest y sus colegas desafiaron a la comunidad matemática en 1978 con su problema del RSA-129, calcularon que nadie podría resolverlo en 40.000 billones de años. Había pocos ordenadores y no existía la web. Y se apostaron 100 dólares. Pero la informática avanzó de forma impredecible y en 1994 unos jóvenes con potentes ordenadores lograron descomponer el largo número primo… y recibieron los 100 dólares.

Eso, sin embargo, no implica que la ‘adivinanza’ del RSA haya dejado de ser válida para guardar secretos. El razonamiento es igual de eficaz, solo que ahora la cifra que hay que descomponer para poder romper el código tiene 1000 números.

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