Ébola, gripe aviar, sida… Los virus, cuando ‘saltan’ de los animales al hombre, causan epidemias terribles. ¿Cuál será la próxima? Viajamos a Sierra Leona con el equipo que está intentando detectar y frenar la que podría ser la pandemia más devastadora de la humanidad. Por Joe Shute

Las cuevas que circundan el pueblo de Gbentu, al norte de Sierra Leona, son sagradas. Aquí se han enterrado reyes, y hay ofrendas encajadas en lo más profundo de los pliegues rocosos. Hoy, sin embargo, los que se aventuran por este territorio son una decena de científicos de Sierra Leona vestidos con ropas quirúrgicas.

Mientras varios asistentes desbrozan el terreno con machetes, los científicos se visten con los fantasmales trajes blancos que tanto miedo infunden en esta parte de África devastada por la enfermedad. Entre 2014 y 2016, en esta zona se produjo el peor brote de ébola en la historia, con 11.325 muertes.

Los científicos cubren las bocas de las cuevas con finas redes japonesas. Y aguardan.

Los murciélagos albergan más de 3200 tipos de coronavirus. Pero también están las reses, los monos…

Poco a poco aparecen columnas de murciélagos. Algunos quedan atrapados en las redes, donde se revuelven con rabia. Con cuidado de evitar sus colmillos, los científicos desprenden a los animales de las telas y se los entregan a un equipo sentado en torno a una mesa de pícnic, reconvertida en improvisado laboratorio de campo. A la luz de las linternas miden y pesan a los murciélagos, de los que toman frotis bucales y rectales. También les extraen muestras de sangre. Guardan las probetas en un congelador portátil y dejan a los murciélagos nuevamente en libertad.

En busca del mayor asesino

Al final de la noche, los científicos han examinado a 21 murciélagos, pertenecientes al género Hipposideros. Albergan la esperanza -por decirlo de algún modo- de que uno de ellos contenga el santo grial; es decir, el próximo patógeno mortal capaz de extenderse por el mundo. En julio, este mismo equipo descubrió una cepa completamente nueva de ébola entre los murciélagos capturados en Bombali, una comarca limítrofe.

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James Bangura coordina el equipo en Sierra Leona. Ha perdido a numerosos colegas y él mismo estuvo varias veces en cuarentena. Cada noche se rociaba con cloro de pies a cabeza ante la duda de si el ébola se habría infiltrado en su cuerpo

El trabajo de estos científicos es extenuante y con riesgo de muerte. Pero su ambición es enorme: localizar nuevas enfermedades en áreas vírgenes para evitar la aparición de epidemias que podrían extenderse al ser humano. «Soy consciente de que todo esto es muy peligroso -dice uno de los cazadores de virus, Edwin Lavalie, de 29 años-. Pero estamos en un proyecto global y eso me da nuevas energías».

Los cazadores de virus de Sierra Leona forman parte de la red internacional Predict, activa en más de 30 naciones y que funciona gracias a una subvención de 200 millones de dólares proporcionada por Usaid (el organismo estadounidense de ayuda al desarrollo). Este proyecto ha recogido decenas de millares de muestras y descubierto más de 900 nuevos virus. Predict se encuadra dentro del Global Virome Project, un plan más ambicioso aún, a diez años vista, destinado a identificar el mayor número posible de los casi dos millones de virus desconocidos que se cree que albergan pájaros y mamíferos. La ciencia considera que más de 600.000 de estos virus pueden ser zoonóticos; es decir, tienen el potencial de pasar de los animales a las personas.

La organización opera en 30 países, financiada por Usaid, el organismo estadounidense de ayuda al desarrollo

A principios de año, la Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo pública esta inquietud. La OMS ahora incluye una denominada ‘enfermedad X’ en su plan estratégico global, en referencia a un patógeno todavía no descubierto y con el potencial de provocar una pandemia.

Pandemias que se expanden como el fuego

En 1992, los científicos Robert May y Roy Anderson crearon la ecuación que permite estimar la duración de una epidemia. La virulencia, los contactos y la duración de las infecciones en los individuos son los tres factores que determinan lo que llamaron ‘índice básico de reproducción’; es decir, hasta dónde se difundirá la epidemia y con qué rapidez.

En la Navidad de 2013, un niño de dos años murió de ébola en la aislada aldea guineana de Meliandou. La dolencia se extendió como un incendio forestal. La fuente exacta del virus no ha sido confirmada, pero sabemos que, antes de enfermar, el niño estuvo jugando cerca de un árbol infestado de murciélagos. Con la primavera, la enfermedad ya estaba fuera de control en Guinea, Sierra Leona y Liberia; después llegó a Lagos (Nigeria), pero se la pudo contener antes de que pudiera hacerse con esta ciudad de 21 millones de habitantes.

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Uno de los muirciélagos capturados en las cuevas de Gbentu. Los ciéntificos los cazan y examinan con regularidad para detectar posibles cepas de nuevos virus. Luego, los vuelven a liberar

Durante la epidemia, el Gobierno de Sierra Leona nombró como investigador principal al científico James Bangura. James, de 39 años, perdió a muchos colegas. Él mismo contrajo la enfermedad y llegó a estar en cuarentena en cuatro ocasiones, aislado de su mujer y sus dos hijos. Condecorado por su labor, hoy James trabaja para Predict como coordinador de proyectos en Sierra Leona. Su equipo, los cazadores de virus -jóvenes licenciados-, también ha sufrido traumas personales. La científica Marilyn Kanu, de 29 años, estuvo trabajando en los pabellones de tratamiento del ébola y perdió a 21 de sus familiares durante la crisis. Uno de sus colegas, Mohammed Turay, recuerda la visita que hizo a un amigo íntimo internado. «Le prometí en su lecho de muerte que haría todo lo posible para ganar esta batalla», recuerda Turay, de 29 años, con voz queda.

Desde su creación, hace dos años, el equipo de Predict en Sierra Leona ha tomado 49.000 muestras de murciélagos, roedores, primates y ganado en más de 30 puntos del país. Las muestras se almacenan a -80 grados antes de su transporte a un laboratorio establecido en la ciudad universitaria de Makeni y que cuenta con ayuda de la Universidad de Cambridge. Las muestras de ganado doméstico son analizadas allí mismo, pero las de los animales salvajes se llevan a California, a la Universidad de Davis, y a Nueva York, a Columbia.

«Los virus no cesan de sorprendernos», dice la profesora Tracey Goldstein, codirectora del centro de detección de patógenos en la Universidad de Davis. Goldstein apunta que solo en los murciélagos se sospecha que existen más de 3200 tipos de coronavirus. «Es fundamental tratar de comprender lo que está por venir, así como analizar los virus ya descubiertos y aprender de ellos».

Hasta hace poco, los cazadores de virus trataban de detectar los patógenos recorriendo selvas vírgenes, pero esto está cambiando. Hoy se espera que la población africana se duplique en 2050, superando los dos mil millones de habitantes. Y eso hace que, a medida que las personas se van extendiendo por el entorno, aumente el potencial de que aparezcan nuevos virus para los que no estamos inmunizados de forma natural.

Los peligros que acechan en el bosque

A esto se añaden otros factores de riesgo. Uno de ellos es que en África Occidental mucha gente prefiere la medicina tradicional a la de los países desarrollados. Otro, que la población valora mucho la carne de los animales salvajes: macaco, chimpancé, murciélago, serpiente, rata de cañaveral… Esta carne forma parte de la cultura local y es una fuente de subsistencia vital. Por eso, el gobierno no la prohíbe, aunque los riesgos para la salud sean descomunales.

El consumo de carne de animales salvajes en África dispara el riesgo de que algún virus salte al ser humano

La pandemia del VIH/sida -que hasta la fecha ha matado a 35 millones de personas e infectado a 70 millones- se inició hace cosa de un siglo en Camerún, cuando un virus alojado en un chimpancé fue transmitido a un ser humano que, con casi total seguridad, dio muerte al animal y lo consumió. «Estoy muy preocupada por el futuro, por las enfermedades desconocidas que acechan en el bosque -indica Sorie Kamara, directora del Departamento de Veterinaria del Ministerio de Agricultura-, estamos desequilibrando el ecosistema. El ébola nos pilló desprevenidos y es posible que existan amenazas mucho peores».

Jugarse la vida por partida doble

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Los cazadores de virus no lo tienen fácil. La población recela de ellos. En las aldeas corre el rumor de que el virus del Ébola fue producto de un proyecto farmacéutico en desarrollo que no salió bien. En Guinea, en 2014, unos aldeanos mataron a machetazos a ocho miembros de un equipo que debía informar y educar sobre el ébola a la población.

La imagen de los uniformados con trajes blancos recuerda los aborrecidos equipos de enterramiento que se llevaban los cadáveres de los hogares para evitar los funerales tradicionales, notorios transmisores de la enfermedad, pero también profundamente importantes para las familias.

PARA SABER MÁS

Global Virome Project

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