Mientras que las bacterias se pueden alimentar y reproducir por sí mismas, el virus utiliza el metabolismo de una célula hospedadora, sin la cual no puede existir. Los biólogos, por lo tanto, no los consideran seres vivos. A pesar de ello, son los causantes de más de la mitad de las enfermedades de los humanos y el 90 por ciento de las infecciosas.

El coronavirus no está vivo… ni muerto

¿De qué se componen?

De una cadena de idioplasma (ADN o ARN) y una capa de proteínas. Carecen de elementos tan importantes como los que disponen las células autónomas, como por ejemplo, el núcleo celular o las mitocondrias (central eléctrica de las células).

¿Cómo se reproducen?

En células de plantas, animales, personas o bacterias, como si se tratara de un cuclillo que pone sus huevos en el nido de otro pájaro, el virus introduce su idioplasma en una célula, que de esta forma se desprograma: deja de realizar los trabajos que se le habían asignado para dedicarse a reproducir el virus. Dependiendo del tipo, en el interior de la célula hospedadora pueden realizarse hasta 500 copias de éste, lo que hará que la célula estalle o que lo segregue. La célula morirá después de producir el virus.

¿Cómo se transmiten?

Depende del agente patógeno del que se trate: algunos virus penetran a través de pequeñas lesiones en la piel, a veces incluso inapreciables (por ejemplo, el virus de la verruga común), otros lo hacen a través de las membranas mucosas de la boca o de los genitales (herpes). Incluso es posible el contagio a través de la alimentación (hepatitis A) o en forma de gotitas (gripe o coronavirus). En un primer momento, los virus se extienden por la zona en la que han penetrado en el organismo. Con posterioridad, ‘flotan’ por todo el cuerpo a través de la sangre y los canales linfáticos.

Sin embargo, no todos los infectados enferman. Sólo la mitad de las personas contagiadas por el virus de la rubeola sufren esta enfermedad; en el caso del agente patógeno que causa la poliomielitis, la tasa es todavía inferior: sólo entre el uno y el diez por ciento de los infectados presentan los síntomas.

¿Son muy contagiosos?

Depende del tipo y de las personas. A menudo los niños, enfermos, ancianos y embarazadas son más sensibles. Sin embargo, algunos prefieren a los sanos y jóvenes (por ejemplo, la gripe española de 1918/1919).

¿Podemos protegernos?

Sí, evitando el contacto con los infectados. Una de las medidas más efectivas es la cuarentena. Otra, las vacunas. En estos casos, los médicos administran a personas sanas virus desactivados, partes de virus o agentes patógenos debilitados. El cuerpo reacciona como si se tratara de virus auténticos y efectivos y produce proteínas específicas, conocidas como anticuerpos. Si con posterioridad se produce un contacto con el virus real, el organismo ya tiene preparados los anticuerpos y las células apropiadas y comienza de inmediato una reacción inmunológica. Los virus mueren en poco tiempo y la persona afectada no aprecia ninguna sintomatología. Si no existe una vacuna y no se puede evitar el contacto con infectados, se recurrirá a mascarillas respiratorias o guantes.

¿Por qué hay tan pocos ‘antídotos’?

Lo que parece el mayor punto débil de los virus es, en realidad, su ventaja: para reproducirse dependen de una célula hospedadora. Los virus utilizan su metabolismo. Así que, si queremos exterminarlo, hay que atacar a las células dañando las sanas. No obstante, hay algunas diferencias entre las células sanas y las infectadas. Por este motivo, se han podido desarrollar algunos medicamentos contra determinadas enfermedades víricas como, por ejemplo, el herpes o la hepatitis. Los antibióticos sólo son útiles contra las bacterias.

¿Puede el cuerpo vencerlos por sí solo?

A lo largo de la evolución humana, hemos desarrollado algunos métodos. Uno de los más efectivos son las células asesinas especiales: capaces de localizar y eliminar a las infectadas, muchas veces incluso antes de que el virus se reproduzca. Simultáneamente la interferona y la interleuquina advierten a las células vecinas, todavía sanas, de la proximidad de los virus poniéndolas en alerta. Otras barreras son las proteínas especiales de las membranas mucosas o de las secreciones del tracto respiratorio. Esta últimas, por ejemplo, son capaces de detener los virus de la gripe. Incluso la fiebre puede proteger: ciertas fases de la reproducción de algunos virus dependen de la temperatura. Si es demasiado alta, no se pueden multiplicar. Los anticuerpos, por el contrario, sirven de poca ayuda. Su misión principal es luchar contra los virus que el cuerpo ya conoce, por ejemplo, después de la administración de una vacuna.

¿Cómo evitan las defensas del organismo?

La estrategia con la que más éxitos consiguen es la mutación. El idioplasma del virus se transforma permanentemente y, de esta manera, también la estructura típica que normalmente es capaz de detectar el sistema inmunológico del ser humano. Algunos virus se modifican con tanta frecuencia que el organismo adapta sus defensas con retraso.

¿Cómo pueden transmitirse de los animales a las personas?

Normalmente los virus son específicos de un determinado tipo de hospedante. Es decir, sólo están adaptados al ser vivo en el que se encuentran. Si uno presenta un alto nivel de mutación, es decir, su herencia se modifica con frecuencia, es posible que surja una variante que pueda alojarse en otro ser vivo y producir la enfermedad, por ejemplo, en los seres humanos. El hombre, según el tipo de virus, puede contagiarse al ingerir el animal infectado, al tocarlo o al entrar en contacto con su respiración o sus secreciones. La probabilidad de que se produzca ese salto entre especies es especialmente
alta si ambas conviven en espacios pequeños como es habitual en el sur de China.