Y llegó la luz...

Un apartamento en un edificio histórico de Nueva York cuenta su propia historia a través de una selección de escogidas piezas de los años treinta y cincuenta. Por Cristina Uranga / Fotos: William Waldron

Pasear por el Upper West Side de Nueva York es una experiencia única. Quizá sus edificios no se eleven a alturas inconmensurables, como los rascacielos de Midtown. Ni posean el porte aristocrático y a ratos excesivo de los apartamentos de superlujo al otro lado del parque, con sus porteros uniformados. En este lado de la isla de Manhattan se respira nobleza e intelectualidad. Y sus fachadas señoriales, de enorme sillería e inspiración grecolatina, dan paso a patios magníficos en los que se esconden jardines secretos y ventanales diáfanos.

Los espejos gigantes ayudan a estructurar y dar movimiento al salón y al comedor

Así es el Apthorp, una de las estructuras arquitectónicas más famosas de esta parte de la ciudad (con permiso del Dakota que hizo famoso John Lennon). Su magnífico arco de entrada para carruajes y su situación en la parte alta de Broadway, a tiro de piedra de la tienda de bagels más visitada de Nueva York, lo hacen imprescindible en el paisaje urbano. El hecho de que la guionista y cineasta Nora Ephron, autora de Cuando Harry encontró a Sally y Algo para recordar, estableciera en él su hogar desde 1980 lo erige en legendario.

No es extraño que Nurit Amdur, la dueña de este luminoso apartamento decorado por Brian J. McCarthy, cayera rendida ante sus encantos la primera vez que lo vio. Tras 40 años en el Upper East Side, ella y su marido, Rick, decidieron que había llegado el momento de cruzar al otro lado del parque y peregrinar más cerca de su círculo de amistades. Y lo único que tenía claro antes de empezar con la reforma es que McCarthy se iba a encargar de ella.

UN TESORO DE ENTREGUERRAS

Al igual que Nurit se entusiasmó con la magnífica luz natural del apartamento, el decorador se enamoró por completo del espacio y los detalles originales que mantenía bajo capas de pintura acumulada durante casi un siglo. «Me habrían roto el corazón si no llegan a contratarme», asegura. Porque lo que encontró allí fue un exquisito trabajo de molduras de escayola de la época de entreguerras y un soberbio panelado de madera en el dormitorio, oculto tras varios niveles de papel pintado. «¡Un tesoro!», asegura el decorador. Pero también una complicación, porque mantener la esencia de la casa no resultó fácil. Deshacerse de todos esos estratos de vidas anteriores para recuperar en perfecto estado la ornamentación original de las paredes y techos llevó más de un año de trabajo.

Recuperar la ornamentación original de las paredes y techos llevó más de un año

Inspirado por el magnífico resultado, McCarthy decidió alejarse de las propuestas clásicas que caracterizan su trabajo y optar por una mezcla de piezas modernas de diferentes épocas que reflejaran la propia historia de la casa. «Pensé en lo que decía siempre le editora Diana Vreeland: ‘Dales lo que nunca imaginaron que deseaban’, y eso hice». En este caso, ese deseo desconocido era una revisión ecléctica de la decoración de los años treinta y cincuenta, con joyas como las sillas originales del diseñador brasileño modernista Joaquim Tenreiro y la mesa de cristal tintado hecha a medida e inspirada en su trabajo que presiden un comedor sobre el que cuelga una lámpara Stilnovo de la misma década. Una obra de Leo Ray, pintor excelso de los treinta, se apoya sobre un aparador holandés de nogal que, además de contemporáneo, resulta clarificador en un ambiente en el que la luminosidad absoluta es la auténtica protagonista.

McCarthy, obsesionado con el uso dieciochesco de los espejos para estructurar espacios, encargó tres de enormes dimensiones para el salón. Así, el juego de luces y reflejos consigue un efecto visual que permite destacar la colección de pintura israelí contemporánea de la pareja propietaria y obtiene visiones nada estáticas de la magnífica lámpara escultural de Hervé van der Straeten que corona el techo. A los Amdur les encantó cómo sus obras cobraban vida en el espacio.

Ponerse de acuerdo sobre la decoración de la cocina fue otra historia. Nurit quería que fuese prístina blanca. McCarthey tuvo que contar con el apoyo de su marido para convencerla de que un roble encerado con encimera blanca y lámpara Artichoke, de Louis Poulsen, elevaría el resultado por encima de sus expectativas. No se equivocaba. Como tampoco erró en su elección del color en el estudio de Rick, un berenjena oscuro en las paredes que hace destacar la colección gráfica inspirada en el ballet. ¿El resultado? Un espacio espléndido que se aleja de fastuosidades innecesarias y donde lo que más apetece es vivir.

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