La economista norteamericana Shoshana Zuboff, profesora emérita de Harvard, es una de las más prestigiosas analistas digitales del mundo. Su nuevo libro explica que la economía derivada de las nuevas tecnologías –lo que ella ha llamado ‘el capitalismo de vigilancia’– se basa en el expolio de las personas y que, si no le ponemos freno, acabará por destruir la naturaleza íntima del ser humano. Fotografía: Michel D. Wilson

Capitalismo de vigilancia: todo empezó con la actual jefa de Facebook

Para enfrentarse a lo desconocido, el primer paso es ponerle nombre. Por eso, Shoshana Zuboff, cuando hace siete años se puso a desbrozar el crecimiento sin precedentes de la tecnología digital y su intrusión en nuestras vidas, buscó un concepto que fuese más allá de la anécdota y nos permitiese tener una visión completa y compleja de lo que está sucediendo en el mundo. Y lo encontró: el capitalismo de vigilancia.

Esta profesora emérita de la Harvard Business School, de 66 años, es una de las más destacadas analistas de la modernidad digital y en su nuevo libro, The age of surveillance capitalism (‘La era del capitalismo de vigilancia’), plantea la cuestión de si en el mundo de los gigantes tecnológicos y las máquinas inteligentes sigue quedando sitio para las personas.

XLSemanal. Cuando ve las noticias, seguro que piensa: «¿Veis? Ya os lo había dicho yo…».

Shoshana Zuboff. No, no soy de ese tipo de personas. Pero, bueno, motivos para decirlo sí tendría.

Es un error decir: ‘No pasa nada si me vigilan; yo no tengo nada que esconder’. ¡El que no tiene nada que ocultar no es nadie!”

XL. Usted alertó de los peligros de la economía digital en unos tiempos en los que nadie hablaba del big data y Facebook ni siquiera existía. Hoy se debate constantemente sobre el mal uso de los datos personales, sobre las fake news, los fraudes electorales, la violación de la intimidad… ¿Se siente reafirmada?

S.Z. Me alegra que ahora la gente sea mucho más consciente del problema. Pero creo que la opinión pública en general percibe los síntomas del capitalismo de vigilancia sin terminar de entender su verdadera naturaleza. Suelo comparar nuestra inocencia a la hora de utilizar las tecnologías digitales con la forma en la que los nativos americanos dieron la bienvenida a los conquistadores españoles. Aquella gente no tenía ninguna posibilidad de anticipar lo que suponía la llegada de un nuevo poder, un poder que traía consigo su futuro sometimiento. Me parece estupendo el nuevo espíritu crítico que está surgiendo con respecto a Facebook, Google y demás, pero no creo que, como sociedad, estemos muy alejados de aquellos indios en la playa.

XL. Y siguiendo con su metáfora: ¿los gigantes tecnológicos serían los conquistadores?

S.Z. Son la avanzadilla. De todos modos, no hay que confundir el capitalismo de vigilancia con las tecnologías o empresas concretas de las que se sirve. Hacerlo implica minimizar su peligro. Los síntomas de los que estamos empezando a ser conscientes son solo consecuencia lógica de una forma totalmente novedosa de capitalismo. Estamos ante una nueva lógica de acumulación, ante nuevos mecanismos de mercado. Esta lógica comenzó con Google y más tarde siguió con Facebook, pero se está extendiendo al conjunto de la economía.

XL. El capitalismo de vigilancia es el núcleo de su pensamiento. ¿En qué consiste exactamente?

S.Z. ¡Me han hecho falta varios capítulos del libro para explicarlo! Pero, bueno, trataré de resumirlo: el capitalismo de vigilancia es una mutación del capitalismo moderno. Su materia prima son los datos que obtiene a partir de la vigilancia del comportamiento de las personas. Luego transforma esos datos, cómo actúa una persona concreta, en pronósticos de cómo actuará en el futuro. A continuación, estos pronósticos son puestos a la venta en una modalidad nueva de mercado. Ha alcanzado esta posición dominante gracias a que abrió el primer camino eficiente para la monetización del mundo on-line.

No hay que confundir el capitalismo de vigilancia con empresas tecnológicas concretas. Eso es minimizar el peligro

XL. Parece que la mayoría de la gente no es del todo consciente de que se ha convertido en la materia prima de la economía.

S.Z. Pero al menos hoy lo tiene mucho más claro que hace siete años, cuando yo empecé a trabajar en mi libro. Las personas van entendiendo ya que su privacidad no se respeta en ningún sitio, que todo lo que escriben, buscan o hacen en línea se convierte en datos que son utilizados por terceros. Estamos expuestos a la codiciosa mirada de aquellos que nos vigilan.

XL. ¿Hay formas de protegerse?

S.Z. En la actualidad, prácticamente todas nuestras interacciones sociales y profesionales nos obligan a utilizar canales de comunicación on-line. Prescindir de ellos se ha vuelto poco menos que imposible, y las personas que lo hacen acaban marginándose socialmente. Aquellos que, con mucho esfuerzo, consiguen ser invisibles en la Red, los que utilizan tecnologías para permanecer en el anonimato, se quedan recluidos en su propia vida. Para mí es algo inhumano.

XL. ¿Quiénes son los agentes de este capitalismo de vigilancia?

S.Z. No los hay. Al menos no hay en ningún sitio un grupo de personajes malvados susceptibles de ser identificados y frenados. Lo que los hace tan peligrosos son los principios económicos mismos del capitalismo de vigilancia. Uno de esos principios es: extrae de las experiencias humanas la mayor cantidad de datos posible. Nos están aspirando, absorbiendo, vaciando. El capitalismo de vigilancia, de acuerdo con su lógica interna, tiene que adentrarse cada vez más profundamente en nuestra vida diaria, en nuestra personalidad, en nuestras emociones, para poder predecir nuestros comportamientos futuros. Es de estos datos de donde extrae sus beneficios.

XL. Dice percibir hoy en las personas una sensación universal de desarraigo, de orfandad, provocada por las disrupciones tecnológicas del siglo XXI. ¿Dónde observa este fenómeno?

S.Z. En todas partes. Hay un desarraigo, una nostalgia insoportable en muchos de nosotros. Muchas personas tienen la impresión de estar perdiendo el control sobre sus vidas por culpa de todos estos cambios fulgurantes, tienen la sensación de que el mundo en el que crecen sus hijos ya no es el mismo mundo en el que ellos crecieron, que ya no pueden enseñarles el camino que lleva al futuro. Afirmaciones de este tipo son habituales entre los votantes de Trump. En mucha gente, este malestar se está convirtiendo en amargura y rabia.

XL. También compara usted la relevancia del capitalismo de vigilancia con la Revolución Industrial…

S.Z. … pero subrayando en todo momento las diferencias.

XL. Cierto. ¿Y cuáles serían esas diferencias?

S.Z. En el siglo XIX y principios del XX, el capitalismo industrial y las personas eran mutuamente dependientes. Las personas eran fuerza laboral y clientes del sistema. En ese aspecto, el capitalismo industrial, con todas sus crueldades, era un capitalismo para las personas. En el capitalismo de vigilancia, por el contrario, las personas apenas somos ya clientes y empleados, lo que somos por encima de cualquier otra cosa es fuentes de información. No es un capitalismo para nosotros, sino por encima de nosotros. Nos observa para crear y desarrollar sus productos.

El ‘Pokémon Go’ fue un experimento con seres humanos en toda regla: dirigir a las personas mediante estímulos externos a través de escenarios físicos”

XL. Productos que luego nosotros compramos… En ese sentido, sí seguimos siendo clientes.

S.Z. Solo de una forma marginal. Los servicios que ofrece el capitalismo de vigilancia consisten en predicciones sobre nuestros comportamientos basadas en datos, predicciones que a su vez se venden a otras empresas, como anunciantes, aseguradoras, grandes almacenes, proveedores sanitarios. Un ejemplo especialmente descarado de estos mecanismos fue el juego Pokémon Go, un experimento con seres humanos en toda regla.

XL. ¿El juego para móviles en el que había que cazar pequeños monstruos que andaban sueltos por la calle?

S.Z. Pokémon Go no se limitaba a extraer datos de los jugadores, sino que también los llevaba a lugares concretos del mundo real, es decir, además de poder predecir sus comportamientos también podía dirigirlos. Los desarrolladores del juego emplazaban sus criaturas digitales en cafeterías, bares, tiendas o lugares similares, y de esa manera les llevaban una clientela potencial. Estas empresas, no los jugadores, eran los verdaderos clientes de Pokémon Go.

XL. Pokémon Go como instrumento de poderes oscuros…

S.Z. En el punto álgido de la fiebre Pokémon, masas de jugadores iban de un punto de monetización al siguiente, conducidos como rebaños. Es la fantasía perfecta del capitalismo de vigilancia: dirigir a las personas mediante estímulos externos a través de escenarios físicos, llevarlos a zonas comerciales para que se gasten su dinero real en establecimientos reales, servicio a cambio del cual los gestores del juego cobran una cuota.

XL. ¡Usted sí que sabe cómo quitar las ganas de jugar con el móvil!

S.Z. Lo siento. Pero es necesario que desarrollemos una conciencia crítica frente a todas estas cosas. Es un error decir: «No pasa nada si escanean todo lo que hago, no tengo nada que ocultar». Lo que yo digo es: el que no tiene nada que ocultar no es nadie. Nuestra vida íntima, nuestras experiencias personales, nuestros puntos de vista, sentimientos y deseos son lo que nos hace humanos. Son nuestro hogar moral.

XL. ¿Y usted cree que este capitalismo de vigilancia tiene el poder de entrar dentro de ese hogar interior y desvalijarnos?

S.Z. Sí. El precio del capitalismo industrial, y de todas las mejoras en el bienestar de las personas que trajo consigo, fue y sigue siendo la naturaleza externa, es decir, la Tierra. El capitalismo industrial expolia el planeta y lo destruye. Pero el capitalismo de vigilancia nos expolia a las personas. Más aún: somos su materia prima. Destruye la naturaleza interna, la nuestra, la naturaleza humana.

XL. En su libro, lo que hace es buscar los problemas; no propone ninguna solución. ¿Por qué no?

S.Z. Mi tarea es identificar los problemas, nombrarlos, es un requisito para poder combatirlos. Concienciar a la sociedad de estos peligros es fundamental. Al capitalismo industrial hubo que ponerle coto en su día: derechos de los trabajadores, sindicatos, horarios laborales, salarios mínimos, prohibición del trabajo infantil… Fueron necesarias décadas de lucha social y política para alcanzar esos logros. Vamos a tener que retomar de nuevo esta tarea, este proceso de domesticación, hacerlo a través de la presión democrática y con total determinación.

XL. ¿Cree que no se está haciendo nada en ese sentido?

S.Z. Por ahora me da la sensación de que nos estamos limitando a sellar un par de goteras, como un apaño de emergencia. Se habla un poco de protección de datos por aquí, de lucha contra las fake news por allá, pero es insuficiente. Es como si en el caso del trabajo infantil negociáramos condiciones y horarios aceptables en lugar de erradicarlo por completo.

XL. Pero no dice qué cosas concretas tendrían que cambiar.

S.Z. Porque todavía no es posible establecer cuáles son.

XL. ¿No es como si aquello que tanto teme tuviera que empeorar mucho para que se materializara esa resistencia social que usted desea?

S.Z. Quizá.

XL. Porque no es que ahora, en el capitalismo de vigilancia, la gente viva en la más profunda pobreza, como en los tiempos de la Revolución Industrial.

S.Z. Se lo concedo, no vivimos en aquellos terribles tiempos de extrema pobreza, de sufrimiento físico y omnipresencia de la violencia. Pero el capitalismo de vigilancia ejerce otras formas de violencia más sutiles. Nos priva de nuestra autonomía como seres humanos y con ello pone en peligro las condiciones que hacen posible la democracia. Y su instrumento de poder, la omnipresente e interconectada infraestructura digital, se transforma de algo que nosotros tenemos en algo que nos tiene a nosotros. Que nos tiene en sus manos.

XL. ¿Está usted en Facebook?

S.Z. No, no lo estoy.

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